lunes, 16 de julio de 2018

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Recuerdos de una ciudad

Cuatro profesionales hacen su particular despedida a San Sebastián como sede de El Sol

Mayo 2012
 

Luis López de Ochoa, Guillermo Ginés, Fernando Codina y David Torrejón escriben sobre la ciudad que ha acogido a El Sol durante veinticinco años

 
Guillermo Ginés
Director general creativo de TBWA

Adiós y hola

Adiós Concha. Adiós Victoria Eugenia y adiós María Cristina. Adiós Juan Mari, Martín y Pedro. ¡Adiós Juanito Kojua! Gambara, Casco Viejo, Museo del Whisky, adiós. Adiós Etxekalte, Perla, Barco y Bataplán. Igueldo y Santa Clara. Adiós Peine de los Vientos y puerto pesquero, adiós señor Odón. Pasaia, Oyarzun, Ondarribia, Ondarreta y Gros. Adiós Londres y adiós Kursaal. Adiós nubes, adiós lluvia. Adiós Sol de San Sebastián.
¡Hooooola Bilbo!

Luis López de Ochoa
Director creativo de Y&R

Sanse, en el capítulo 6 de ‘Mad men’

El primer artículo que escribí en mi vida para Anuncios iba sobre San Sebastián. Sobre uno de tantos Sanses que terminaba en ruidoso pataleo sobre la madera del Victoria Eugenia. Aquel teatro de incómodas butacas donde los creativos nos sentíamos tan a gusto pitando a quien se pusiera por delante, gurús y presidentes de agencia incluidos.
Nuestro Sanse, criticado como solo se critica lo que amas, se convirtió en asignatura de obligado dominio para cualquier publicitario. Tenías que saberlo todo de Sanse. Qué hacer y dónde hacerlo. La lista de ganadores de los últimos años y la de aspirantes de éste. Los nombres de todo dios: jurados, creativos, realizadores, periodistas, cuentas…Había que conocerles a todos. O hacer que les conocías hasta conseguir que un gin-tonic os presentara. Pero sobre todo había que defender a muerte la creatividad. Aunque fueras cliente.
Yo creo que a San Sebastián, a nuestro Sanse, le dijimos adiós hace ya mucho. Más o menos cuando dejamos de sabernos de memoria las piezas que concursaban. Cuando las proyecciones empezaron a quedarse extrañamente vacías. Cuando nos cruzamos de acera para ir a esa especie de Palais de provincias. Quizás fue cuando se empezaron a repartir más soles de los que entran en cualquier galaxia. O cuando se travistió de Grammy Latino. Tal vez ocurrió el día en que decidimos ponernos a dieta de trucho y abandonar el solomillo con Idiazábal. O una de esas noches caminando de vuelta al María Cristina mientras pensabas joder, no hay ni dios!
Tíos, Sanse se nos fue hace mucho. Tanto que podría salir en un capítulo de Mad men. Hace años que lo que se lleva es Bilbao; más barato, más industrial, muy internacional (eso dicen las inscripciones), muy de estos tiempos, vamos. Y puede que hasta con más taxis. Seguro que lo criticamos con la misma saña. Ojalá que, como su antecesor, también nos de motivos para amarlo.

Fernando Codina
Socio y director creativo de SantaMarta

Mis San Sebastianes

A lo largo de mi carrera he tenido la oportunidad de vivir varios festivales de San Sebastián. Y no me refiero al número de ediciones a las que he asistido, sino a la evolución que ha sufrido.
Mis primeros San Sebastián fueron los que se celebraron en el Teatro Reina Victoria. Me impresionó mucho la primera vez que asistí. Lleno a rebosar. Cabía menos gente que en el actual escenario, pero parecía que había muchas más personas. Quizás por lo juntos que estábamos sentados en el gallinero.
Allí los aplausos, los silbidos y los pataleos en el viejo suelo de madera sonaban mucho más fuerte. Era todo más intenso.
Nunca llegué a subir a recoger un Sol porque el día que lo ganamos me estaba casando.
Luego llegó mi segundo San Sebastián, el del Kursaal. Muchos pensamos que se rompía el encanto del viejo San Sebastián, aunque soy de los que piensa que Moneo embelleció aún más la ciudad con ese edificio.
El año que se estrenaba el Kursaal, Audi ganó su cuarto Gran Premio y yo el primero en una de las luchas más bonitas que recuerdo entre dos marcas, Audi y BMW.
El tercer San Sebastián fue el que se abrió al mercado latinoamericano. Yo creo que se ganó en calidad pero se perdió en emotividad. En este formato gané mi segundo gran premio. Así que también guardo un gran recuerdo.
Y ahora viene el cuarto San Sebastián, porque para mi Bilbao sigue siendo El Festival de San Sebastián.
Esperemos que allí también brille el sol.

 
David Torrejón
Director editorial de Publicaciones Profesionales

Gracias, y adiós
Me reclino mentalmente sobre la barandilla. El mar juega a esta hora de la tarde a regalarnos un polideportivo. Pero no hay que fiarse, es broma. Una trainera cruza veloz cerca de la isla de Santa Clara. El sol aún tiene recorrido y los donostiarras están dispuestos a sacarle todo el partido. ¿Qué han pensado de nosotros todos estos años? ¿Notarán que ya no estamos o, como decía Juan Ramón, nos iremos “y se quedarán los pájaros, cantando”? No vamos a ponernos trágicos, estaremos solo unas docenas de kilómetros al Oeste.
Echo a andar y creo que puedo recrear cada baldosa, cada portal, cada rostro, cada escaparate hasta llegar al Kursaal. ¿Habrá comprado provisión extra de hamburguesas el encargado del Va Bene? A lo mejor nunca lo ha hecho. Y el Museo del Whisky, ¿estará dudando entre cerrar para evitar otra multa o abrir para darle un empujón a la facturación? Cruzo el puente sobre la ría asombrándome de nuevo de estar en la ciudad del mundo con más deportistas por metro cuadrado: ciclistas, corricoalris, surfistas se cruzan en mi camino y me atraviesan.
¿Notarán algo raro cuando pasen por delante del palacio? ¿Una ausencia, una desazón, quizás?
Me cuelo en la arquitectura de Moneo. Está muy oscuro, pero me podría orientar solamente por los olores. La sala grande, el vestíbulo, el cubo pequeño, el escenario...Esa tarima por la que tantos han querido desfilar pero a la que sólo unos pocos han subido. “Esto de que ya solo se entreguen los oros,,,”. Pienso, agradecido, que he tenido la suerte de estar aquí dentro de un montón de formas distintas, de periodista imberbe, de periodista veterano, de directivo de asociación, de competidor premiado y sin premio, e incluso, una vez, de miembro del equipo ganador, del gran e inesperado ganador (gracias, Guillermo). Nadie me vería entre cincuenta, pero allí estaba. ¿Se ve distinto? Sí, desde luego. Siempre es distinto.

El gran Zamorano

Me elevo y sobrevuelo el María Cristina, que estrenó el festival tras su gran renovación. Cómo olía a pintura. Eran los tiempos en los que andabas treinta metros y estabas en el Teatro Victoria Eugenia. Los años en que el gran Zamorano nos entretenía en el bar del hotel hasta las cuantas contando un chiste, una anécdota tras otra. Su voz asombrada y su gesto serio, el de los mejores contadores de chistes, sigue por aquí. Y estas habitaciones ¿cuántas historias secretas desvelarían si pudieran?
Y sigo por los lugares de siempre, el barco, el Bataplán, el Palacio de Miramar, donde un año, sólo uno, se dio la cena de bienvenida de gran gala, ofrecida por el ayuntamiento. A lo lejos se divisa el Hotel Monte Igueldo más conocido como peroylasvistas. Y desde allí alcanzo a despedirme también del palacio de Ayete ¿Que nos contaría con más agrado el palacete decimonónico, los secretos de alcoba de la Reina Victoria, Alfonso XII o Eugenia de Montijo, los consejos de ministros veraniegos del menudo dictador, o las deliberaciones del jurado del festival?
De nuevo estoy apoyado en la barandilla. Me doy la vuelta y me veo allí, en la ventana del tercer piso, embobado una vez más ante la belleza que me rodea mientras el sol se pone. Y me voy despidiendo, sin mucha ceremonia. Como de un amigo de toda la vida, aunque partamos para un largo viaje. Como si el reencuentro estuviera a la vuelta del reloj. ¿Quién sabe?
Ahora vamos a ocupar otro espacio, otra geografía de vidas cruzadas. Te contaré.

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