• 16 de Diciembre

    Si ayer les comentaba que Marianne -la república francesa hecha carne- tiene mala leche cuando se cabrea, permítanme que repase las caras de niños buenos que triunfan a estas alturas del siglo. Si miran...

  • Si ayer les comentaba que Marianne -la república francesa hecha carne- tiene mala leche cuando se cabrea, permítanme que repase las caras de niños buenos que triunfan a estas alturas del siglo. Si miran fijamente al tipo que sale en la portada de Time -un tal Zuckerberg- o al que tienen enchironado los ingleses -el conocido Assange- verán caras relativamente normales. Muy rubios, sí. Muy anglosajones, claro. Pero nada especialmente inquietante. Y sin embargo, la que han liado. Cada día más vivimos colgados de nuestros contactos sociales. Colgar cosas en Facebook es una forma muy común de sentirse acompañado. Claro: cualquier cosa antes que hablar con el tipo del asiento de al lado. A ello hemos añadido los 140 caracteres que, como máximo, merece cualquier cosa que nos ocurra. Viva la concisión. Por otro lado, la huella imborrable que dejan nuestros actos digitales parece más imborrable cuando vemos como cualquier cosa que uno haga online -o a través de online- acabará un día en el dominio público. O en el dominio Wikileaks. Exposición pública, todo un nuevo credo al que someterse o en el que sumergirse. A escoger. A escoger el cómo, porque el qué ya está escogido nos guste o no: toca exposición.

      • Autor
      • Jaime Agulló Amorós