• Porque nosotros lo valemos

    Cuentan que una tarde el cantaor Rancapino había acudido con un amigo al homenaje que le hacían a otro artista flamenco ya fallecido. El homenaje tuvo lugar en Cádiz, junto a su casita baja de toda la vida, en...

  • Cuentan que una tarde el cantaor Rancapino había acudido con un amigo al homenaje que le hacían a otro artista flamenco ya fallecido. El homenaje tuvo lugar en Cádiz, junto a su casita baja de toda la vida, en cuya fachada habían descubierto una placa conmemorativa que decía algo así como «aquí nació y vivió un genio del cante jondo». El caso es que después del sencillo homenaje, Rancapino y su amigo se sentaron en un banco de la bahía de Cádiz a ver atardecer. Rancapino, con algo de nostalgia, recordó a su colega cantaor y le dijo al amigo que le acompañaba: – «Qué bonito es que le reconozcan a uno el arte que tiene. Y que después de toda una vida de artista pongan una placa en la fachada de tu casa para recordarlo ¿tú qué crees que pondrán en la fachada de mi casa cuando yo me muera?» A lo que su amigo, con mucha guasa, contestó: – «Se vende» Sarcasmos aparte (que me encantan) viene todo esto a cuento por la constante necesidad de reconocimiento que tenemos las personas, y que no siempre sabemos detectar. Rancapino quería su placa conmemorativa y los demás queremos la palmadita en la espalda, el gesto de reafirmación, las palabras mágicas. […]

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      • titilopez@ondapositiva.es