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'Desaglomerar la economía'

Un artículo de Miguel Conde-Lobato, presidente y director creativo ejecutivo de BAP Conde y presidente fundador de la Fundación Knowcosters

14 mayo 2020

Hace diez años escribí un libro, Knowcosters, cuando el lowcost es el mal, que recogía una visión y un diagnóstico sobre las consecuencias que podrá tener en la sociedad la imparable extensión del lowcost y, por consiguiente, el entendimiento de la economía, casi exclusivamente como economía de escala. El mundo se lanzó a una eficiencia que básicamente se centra en reducir los costes de producción. ¿Resultado? Un inicio espectacular, pero unos efectos inmediatos en precarización del empleo, pobreza, desigualdad, resquebrajamiento del estado de bienestar europeo y proliferación de los populismos en todo el mundo. ¿Por qué? Porque había otros costes. Y esos costes no se tenían en cuenta. Pero había una solución: la información. Porque el éxito de esa lowcostización de la economía se debía, sencillamente, a un motivo: la desinformación de los costes reales de producir. De ahí el Know y el Cost.

Desde entonces, muchos (casi todos) de aquellos postulados forman parte ya de las convicciones de la inmensa mayoría de la sociedad. La crisis del COVID-19 ha hecho que prácticamente todos los países se hayan percatado del riesgo que conlleva externalizar toda su industria y de confiar sus sistemas productivos a países de bajo coste. Podemos estar seguros de que todos se esforzarán por repatriar la producción y, sin duda, los consumidores insertarán cada vez más entre las características buscadas de un producto atributos sociales y medioambientales.

Aquella visión del 2010 se ha acelerado por esta crisis singular. El knowcost se abrirá camino definitivamente, que nadie lo dude, pero… ¿será suficiente?

Diez años después emerge una visión complementaria, un nuevo desafío: DESAGLOMERAR LA ECONOMÍA. Desde el inicio de la Revolución Industrial se ha venido produciendo un fenómeno social que ha consistido básicamente en aglomerar. Las ciudades son aglomeraciones. Las economías de escala son aglomeraciones. Las deslocalizaciones productivas son aglomeraciones. Un clúster es una aglomeración. Obtener bonificaciones por concentrar volumen es una aglomeración. Un concierto, una playa, un aeropuerto… todos son aglomeraciones.

El planeta mismo se va convirtiendo en una aglomeración cada vez mayor. Todo este proceso ¿qué consecuencias ha producido? Muchas de ellas positivas, sin duda. Pero también muchas negativas; debemos aspirar a mitigar la contaminación, la despoblación de los hábitats rurales (¿Quién no ha oído hablar hoy de la España vaciada?) provoca una desatención y, por lo tanto, mayor vulnerabilidad ante los incendios, la dependencia del transporte internacional para acceder a los alimentos, la reducción de la capacidad de vivir con muchos de los salarios que las empresas están obligadas a pagar para poder competir (no olvidemos que los salarios siempre son una consecuencia del precio)… Podemos enumerar una larga lista de efectos directos de esas economías de escala enloquecidas. Sí, la aglomeración es el problema.

Enseñanza y desafío

Ahora, como una especie de diabólica metáfora, nos encontramos con una plaga que afecta al mundo más desarrollado, que se centra en los polos económicos de los territorios, que se transmite a toda velocidad y ensombrece nuestras vidas, pero que nos deja una enseñanza y un desafío: debemos de empezar la desaglomeraración. Y nos pone en un horizonte de meses en los que la incertidumbre, la posibilidad de nuevos confinamientos, las dificultades para consumir, la necesaria reinvención de nuestro ocio y de nuestras formas de relacionarnos están encima de la mesa, en la mente de todos. 

Hoy, paradójicamente, la España vaciada no quiere ser llenada y la España llena sueña con unas vacaciones en el pueblo en lugar de “seis días y nueve noches en Nueva York” o un “Todo Incluido en Vietnam”. Los cambios serán a todos los niveles. El Estado se verá obligado a crear nuevas infraestructuras para que el comercio online no se convierta en una nueva aglomeración y facilite el acceso a todos en igualdad, para que los individuos de la sociedad puedan seguir ganándose la vida. Se verá también obligado a regular de forma homogénea lo on y lo off. ¿Nadie se ha percatado de que un comercio online abre 24/7 y eso en el mundo offline está prohibido? ¿O que los costes de higiene y restricciones necesitarán un tratamiento distinto a nivel impositivo para poder seguir existiendo? Sí, me refiero a que el IVA del comercio online sea mayor que el del comercio presencial. Hay que inventarlo todo de nuevo. Empecemos la desaglomeración.

Miguel Conde-Lobato Presidente y director creativo ejecutivo de BAP Conde y  presidente fundador de la Fundación Knowcosters.

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