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    Reflexiones creativas: ‘El instinto’

    Y cómo puede beneficiar al trabajo, según Agustín Vaquero

    • Redacción 10 septiembre 2008
  • Un tiburón es capaz de detectar la gota de sangre de su víctima a treinta kilómetros de distancia.

    Los elefantes huelen los tsunamis tres horas antes de que acaben arrasándolo todo; y parece ser que los delfines lo pueden hacer hasta con tres días de antelación. Las serpientes presienten los terremotos, y los perros son capaces de olfatear cualquier desgracia próxima, varios días antes de que se produzca.

    Pero el mecanismo también funciona para lo bueno: las mascotas intuyen el miedo o la bondad del tipo que tienen delante y actúan en consecuencia. A veces los chuchos le cogen tanto cariño a su dueño, que su fidelidad les lleva a dejarse morir cuando les falta.

    Eso les pasa a los animales irracionales. A los que no piensan.

    A nosotros no. ¿Para qué? Nosotros tenemos pre-tests para saber qué va a pasar y post-tests para saber qué ha pasado.
    Nosotros disponemos de complejos estudios de mercado, y contamos con herramientas de precisión, que nos ayudan a saber cómo se van a comportar los consumidores en cada momento.

    La evolución de la inteligencia en el ser humano tiene sus riesgos, y la certeza puede que sea el riesgo más peligroso.
    Nos hemos ido haciendo mayores pero no sé si hemos sabido crecer bien.

    Hemos llegado a la conclusión de que lo importante era ver mucho, pero no tengo claro que hayamos aprendido a interpretar mejor lo que vemos.

    Se podría decir que hemos ido ganando en especialización (palabro), pero desgraciadamente ha sido en detrimento del instinto (palabra que vuela).

    Algún día aprendimos a sobrevivir, porque habíamos aprendido a jugárnosla con cada decisión que tomábamos. Y aún así, las tomábamos.

    Pudimos competir con el resto del mundo, sencillamente, porque confiábamos en nosotros mismos y creíamos que había que actuar de una manera consecuente con lo que pensábamos.

    Contaré una anécdota que quizás ilustre mejor lo que quiero decir: una vez tuve que montar en una vieja avioneta que viajaba a unas pequeñas islas que hay cerca de la ciudad de Panamá. San Blas, se llaman esas islas.

    No había otra: o volaba con esa avioneta, o lo hacía con otra, igual de insegura, de la competencia.

    El piloto (que debía tener unos 60 años), parecía estar ya cansado de tantos vuelos a sus espaldas; y sobre todo, de contestar a tanto turista que le hacía siempre la misma pregunta:

    — ¿Y usted se ha caído alguna vez?

    El hombre –con cara de aburrimiento y un poco harto de escuchar siempre lo mismo– me respondió que sí, que por supuesto se había caído muchas veces. Y al ver mi cara –mezcla de perplejidad y terror– añadió:

    — Por eso tienes que volar conmigo, chico. Porque me sé caer.

    Y no le faltaba razón.

    No hay que fiarse del que te promete un resultado perfecto, sino del que se ha caído muchas veces, ha sobrevivido y vive aun para contarlo.

    Eso llevado a la vida se llama instinto de supervivencia; y llevado a los negocios, también.

    Recuerdo

    Por eso no sé yo si con tanto número exacto no nos habremos dejado por el camino lo realmente importante: la curiosa belleza de lo imperfecto.

    Eso, que aunque es cierto que no cumple con todas las normas de lo razonable, también es verdad que puede grabarse a fuego en un lugar preferente de nuestro recuerdo; o lo que es más importante: en el recuerdo de los consumidores.
    Ahí quería llegar yo, al instinto: esa curiosa mezcla de intuiciones, con aprendizajes, caídas, errores, fracasos y éxitos, que hacen que nuestro trabajo sea un poco mejor cada día.

    Si después de todo vivimos para contarlo, seguro que algo habremos aprendido en ese vuelo. Y con lo que hayamos aprendido más un poco de talento y paciencia, igual nos salen un par de buenos anuncios que echarnos a la carpeta.

    agustinvaquero@anuncios.com

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