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    Reflexiones creativas: Intrusos

    Carlos Holemans

    • Redacción 8 enero 2010
  • En la película Una mente maravillosa, el personaje que interpreta Russell Crowe padece un tipo de esquizofrenia que le hace convivir con personas imaginarias. Personas cuya presencia, sin embargo, es para él dolorosamente real. De ellas recibe órdenes y desórdenes, contra ellas se rebela y con ellas sostiene una relación más duradera y sustantiva que con las personas de carne y hueso.

    Este no es un fenómeno excepcional en nuestro oficio, pese a que se confiese raras veces.

    Cuando se es un creativo joven, con todo por demostrar, suele preocupar la opinión que los demás tengan de uno. Lógico. De esa opinión depende nuestra reputación, las ofertas que recibamos, las oportunidades que lleguen. En última instancia, nuestro salario. O algo aún más trascendental: nuestra autoestima.

    Comprensible. Pero muy poco constructivo. Incluso francamente dañino.

    Nada paraliza más que escribir sintiendo una mirada por encima del hombro. En especial si, en nuestra imaginación, es la mirada de gente cuya opinión no sólo nos importaría, en el improbable caso de que nos la dieran, sino que nos parecería el juicio final.

    En mi adolescencia profesional eran Luis Casadevall, Toni Segarra, otros compañeros de agencia cuyo trabajo admirábamos (o sea, envidiábamos), los colegas con los que compartíamos cena y tertulia o aquellos a los que nos abrazábamos en San Sebastián cada año.

    Demasiada gente para un despacho tan pequeño.

    Toda esa presión (innecesaria, imaginaria, insana, pero dolorosamente real) paraliza como un dardo de curare.

    Y lo que es peor: obtura hasta cegarlo el canal que te conecta con lo mejor de ti mismo.

    Localizar ese canal y trabajar por ensancharlo puede llevar una vida entera, pero la recompensa es abrumadora.

    Tratar de escribir como A, diseñar como B o pensar como C, es olvidarse de la persona que más te va a querer y más se va a preocupar por ti: tú mismo.

    No es casualidad que los psiquiatras suelan preguntar a sus pacientes si en ocasiones se ven a sí mismos desde fuera. Si suelen observarse como si observaran a otra persona. Es una buena forma de sondear su grado de madurez y equilibrio.

    La creación es un encuentro con tu propia verdad. Tu intuición es el barro creador. Y para bien o para mal, no tienes otro.

    Hace poco leí que Photoespaña daba un premio por el conjunto de su carrera a un fotógrafo cuya obra cuelga en los museos. No recuerdo su nombre, pero sí qué dijo: olvida la técnica y concéntrate en tus obsesiones.

    Hay que vaciar el despacho. Acompañar amablemente a los fantasmas a la salida y pegar un buen portazo. Quedarnos a solas con nuestras obsesiones y bajar a por las ideas.

    Están ahí abajo, dentro de ti. Al fondo. Sí, en ese cuarto oscuro y desordenado del que a veces te avergüenzas. Ése que nunca muestras a las visitas, pero que está lleno de tesoros.

    No pensar

    La paradoja es que entonces pensar se parece mucho a no pensar. Y que hacer se convierte en la mejor forma de reflexionar, como así lo cuenta Toni Segarra en su libro Desde el otro lado del escaparate.

    (¿Os dais cuenta? Ha estado ahí todo el rato, observándome mientras escribía. Pero yo hago como que no le veo. Que se fastidie).

    photoconhache@anuncios.com

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