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    Las ‘Reflexiones creativas’ de Carlos Holemans

    • Redacción 4 octubre 2010
  • La Roja acaba de ganar el Príncipe de Asturias. Por su espíritu de equipo, compromiso y sencillez, ha dicho el jurado. La modestia de Iniesta, después de perforar las redes de la Historia, da fe de ello.

    Es difícil no pensar también en la humildad de Nadal, número uno del mundo. O en la circunspecta compostura, en esa sensatez de payés del Barça de Guardiola, campeón de todo.

    Y aunque no puede afirmarse que todo en la vida funcione como en el deporte, sí es esperanzador que el éxito se relacione con valores como la cooperación, la generosidad, la modestia y el perfil bajo.

    El nuestro es un negocio que ha rendido un culto desmesurado a la inspiración individual, a la taumaturgia iluminada de unos pocos seres tocados por el Don.

    Quizá hubo tiempos que demandaron magos y hechiceros, pero el hecho cierto es que el esfuerzo, el análisis, la perseverancia, el equipo y lo colectivo en general eran ideas mucho menos cautivadoras y deslumbrantes.

    Cuántos farsantes no se habrán querido disfrazar de genio, algunos incluso consiguiéndolo. Por fortuna o por justicia, esos semidioses intensos, de ego descomunal, suelen tener una vida efímera.

    Y, para reconfortarnos, aquellos cuatro o cinco individuos que sí son verdaderamente grandes resultan ser, en efecto, personas afables, respetuosas y tranquilas.

    El culto al ídolo es más propio de la adolescencia, que fácilmente se fascina con los superhéroes y sus superpoderes.

    En la publicidad, como en la vida, todo tiende a hacerse más complejo, más sutil, a medida que pasan los años.

    Así que, no sólo la madurez de nuestro negocio, sino también la crisis, que convierte en urgente cualquier evolución, y la inabarcable y creciente complejidad de nuestro mundo nos han traído respuestas nuevas: el trabajo en red.

    Estructuras desmontables versus estructuras colosales. Células que forman tejidos que forman órganos que forman estructuras. (Al Qaeda es un triste ejemplo de la contemporaneidad y eficacia de esta idea).

    Redes multicelulares, resilentes, flexibles, líquidas.

    Los egos pétreos, cubiertos de pan de oro, alrededor de los cuales se edificaban pirámides, lo van a tener difícil en una época que se adivina de colaboración, complementariedad e intercambio. 

    Cuando quien trae luz a la discusión no es una vaca sagrada de voz tonante, sino un chico de veintitantos años, tímido y de voz apenas audible, experto, por ejemplo, en redes sociales, es entonces cuando caen las estatuas.

    La energía que cohesiona estas estructuras nada tiene que ver con la reverencia a un líder que ilumina el camino.

    Confianza

    Trabajar en red está basado en la confianza mutua. En la certeza de que lo que los demás aportarán será bueno o incluso mejor. De que indudablemente trasformará lo nosotros habíamos pensado. Y que quizá eso es lo deseable.

    Lo que mueve a la red es un objetivo común, buen humor, confianza en el otro y fe en que es posible ser feliz trabajando.

    Eso tan gaseoso que se define como buen rollo es perfectamente capaz de convertirse en generador de negocio.

    El éxito será no de quienes lo sepan todo –o crean saberlo- sino de aquellos capaces de crear estas estructuras y darles rumbo.

    No saberlo todo no es en absoluto incompatible con tener claro adónde vamos. Del mismo modo que no hace falta ser gallina para saber si un huevo está podrido.

    Pero no podemos estar ciegos ante el hecho de que el éxito es una improbabilidad. Y cuando se da nunca es responsabilidad de una sola persona.

    Ego es el dios. Ególatra el sacerdote. Egoísmo la religión. Declarémonos ateos. Apostatemos de Ego. 

    photoconhache@anuncios.com

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      • Redacción