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    La Telefunken

    Antonio Pacheco

    • Redacción 14 octubre 2010
  • Cuando era pequeño, en casa teníamos una Telefunken que, por lo que tengo entendido, costó una fortuna. 28 pulgadas, nada menos. Una acumulación de energía estática en la pantalla que atraía a los pelos (cuando los teníamos) a una velocidad que me río yo del acelerador de partículas del CERN. Y PAL Color a todo meter, que tenías que ver el Estudio Estadio con las Ray-Ban puestas porque el verde de los campos era de tal intensidad que si lo ve ahora el Dr. Bishop de Fringe, coge un par de plásticos y nos cuarenteniza el salón echando leches.

    Aquella Telefunken, aparte de sus gratísimas cualidades visuales, tenía una gran utilidad secundaria como Museo de la Familia Pacheco-Ocaña. Mi señora madre se empeñó en mostrar a todo aquel que visitara nuestro cuarto de estar, una completa panorámica de nuestros highlights vitales. Sin orden ni concierto, sobre aquella tele estaban amontonados: una especie de árbol familiar con fotos de mis abuelos (los padres de ella, los otros como si no existieran) en las ramas de arriba, mis padres en las del medio y mi hermano y yo en modo 3 años, en las de abajo; un reloj dorado que parecía un libro y que nunca estaba en hora; una caja de pastillas llena de optalidones a la que mi hermano y yo teníamos acceso libre 24/7; una Virgen de algún sitio, perdónenme que no recuerde cuál; un trofeo a la mejor madre que ella misma se autoconcedió en 1983; una figurita de porcelana de Limoges que era como una especie de Cristiano Ronaldo bailando la jota… en fin, ustedes se hacen a la idea.

    Y me juego 50 pavos en Bwin a que sus teles también tenían este tipo de despliegue de medios.

    Lamentablemente, de la misma manera que the video killed the radio star, la llegada de los plasmas y su planismo ha acabado con esta bella costumbre de decoración familiar. Así que, esta imagen había desaparecido de mi cabeza. Hasta hace un par de domingos.

    Camacho (#iniestademivida!) estaba dando una rueda de prensa en el estadio del Mallorca. Bueno, digo que era Camacho porque conozco su tono de voz, sus cejas y sus ojos, porque estaba casi totalmente tapado por dos trozos de cartón pluma con los logos de dos de los sponsors del club. Como no se le veía, me fijé por primera vez en el maremágnum de cosas publicitarias que le rodeaban. Inventario:

    1) Panel trasero en retícula lleno de logos de los patrocinadores colocados de manera aleatoria e ilegible en la mayoría de los casos. 
    2) Los mencionados pedazos de cartón pluma pegados sobre un balón que iba colocado sobre un trípode a la mayor gloria del Circo Ringling.
    3) A un lado del micrófono, una botella de refresco gaseoso de tonalidad oscura subida en un pedestal con el nombre de la marca en cuestión y, al otro lado, una botella de agua de la misma firma subida en otro pedestal un poco más pequeño y, por tanto, asimétrico total.
    4) Una especie de paquete de proporciones absurdas de unas galletitas mallorquinas de las que soy muy fan.
    5) Una maqueta de un avión de una compañía que debe ser sponsor del club pero que podría ser de Aviaco perfectamente, porque no se leía nada.

    La Telefunken de mi casa, vaya.

    Mourinho

    Entonces las preguntas son: ¿el ruido publicitario éste no es un poco molesto? ¿sirve para algo? ¿alguien me dice tres marcas (aparte del sponsor que sale en las camisetas) de las que aparecen detrás de Mourinho cuando le pega palos gratamente a Pedro León?

    Ya sé que son contraprestaciones que reciben los patrocinadores por poner pasta y que si no hay pasta, el Madrid acaba fichando a Olegueres y no a Öziles. Pero me parece que estar publicitariamente aquí es estar por estar. Y es una opinión personal pero, en todos los órdenes, cuanto menos ruido, mejor.

    pacheco@anuncios.com

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