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    ‘Aixalá: demasiado moderno’. Toni Segarra recuerda al montador y realizador fallecido

    Estuvo vinculado a Ovideo gran parte de su trayectoria

    • Redacción 5 junio 2018
  • El sábado 2 de junio, a mediodía, Aixalá decidió que ya llevaba demasiado tiempo en esa cama de la UCI sin poder salir a fumar, y se fue.

    Aixalá era un maestro, un visionario, un genio. Pero nunca quiso molestar a los demás con esas cosas. Quizá por eso costaba tanto darse cuenta de su grandeza.

    Y eso que no parecía un tipo normal. Aixalá vestía de negro riguroso, con trajes impecables que cortaba para él un sastre perfeccionista de Antonio Miró. Tenía aspecto de predicador de una extraña religión del futuro.

    Le conocí al principio de mi carrera, al final de los ochenta. Formaba parte del equipo de Ovideo, la productora más moderna que jamás ha existido. Un lugar diferente donde se pensaba diferente. Yo me sentí, entre aquellas gentes extrañas, extrañamente protegido y feliz. No les entendía, pero no me asustaban. Al contrario.

    Aixalá venía de trabajar con Manel Huerga (algún día habrá que hablar de Manel Huerga) en Arsenal, un programa de televisión como nunca hemos visto, y como dudo que nunca más veamos. Había estudiado Literatura en La Sorbona, y cine en Le Conservatoire Livre Du Cinema Français. Lo sabía todo de todos. Pero había que arrancárselo. Una erudición inusual e imprescindible para alguien que vive en la frontera.

    Aparentemente era un montador. Y él no desmentía esa apariencia, por más horas que pasamos juntos en la oscuridad de la sala de postproducción de Ovideo, y de lo mucho que hablamos de cualquier cosa. Yo le veía apenas como un montador genial. Sospecho que el resto del mundo tenía una opinión parecida.

    Años después empezó a realizar. Seguimos trabajando. Desde mi pequeña mentalidad de publicista clásico jamás supe acabar de ver que me encontraba frente a un gigante. Me fui dando cuenta poco a poco, demasiado lentamente, siguiendo pistas que él por prudencia nunca aportaba, pequeñas señales que iban conformando una figura extraordinaria y única.

    Creo que se daba perfecta cuenta de que estaba en otro lugar.

    Aixalá habitaba un tiempo y un lenguaje que nos resultaban extraños. Y consciente de que esa extrañeza podía crear distancia, se esforzaba en querer y en hacerse querer, quizá lo que más le importaba en la vida. Prefería compartir con quien le apetecía una buena comida en un sitio estupendo, porque pertenecía a esa clase de gente legendaria que construye afectos y proyectos alrededor de una mesa, sabedor de que no hay otro lugar posible. Yo le debo a él y a Pepo Sol buena parte de mi obsesión por juntarme con buenos amigos frente a buena comida.

    Aixalá era un moderno puro, en el sentido más literal del término. El resto del mundo acostumbramos a vivir en un orden establecido y confortable que damos por bueno, y que casi nunca tiene que ver con el tiempo que vivimos. Unos pocos visionarios son capaces de sentir y entender su momento, su época. Y se esfuerzan por explicarnos a los demás lo que de verdad está pasando. La mayoría de las veces, eso que está pasando nos resulta intolerable, incómodo, difícil.

    Ser auténticamente moderno es una cruz, es una penitencia que hay que sufrir con ira o con resignación. Vives prefigurando un tiempo en el que no vivirás. Mostrando a los demás lo que los demás no quieren ver, aunque sea inevitable.

    Ser moderno te lleva a ser incomprendido. Hasta que alguien, en algún momento, descubre que sí, que era eso, que estabas en el camino cierto. Y señala para que todos miren. Suele ocurrir demasiado tarde.

    Valgan estas palabras escritas todavía desde la rabia y la confusión para pedir perdón por no haber llegado hasta el final, por no haber hecho el pequeño esfuerzo de entender a Aixalá del todo. Yo tengo más culpa que la mayoría porque casi llegué. Estuve cerca. Me parece ver ahora mismo su mirada de niño interrogándome, intentando inútilmente que compartiese su asombro ante lo que ocurría ahí fuera, sin conseguirlo.

    Tuvimos el privilegio de vivir su último esfuerzo. Aixalá burló una vez más a la muerte y se escapó literalmente de la UCI para acudir impecablemente vestido de negro a la grabación de un extraño proyecto que era al mismo tiempo un programa de televisión en directo y una campaña de publicidad. Me parece que él sintió que por fin le habíamos entendido un poco.

    En ese momento su apariencia era de una máxima fragilidad, pero nunca he visto tanta fuerza emanar de alguien. Pasó todo el día dirigiendo los preparativos de una batalla complicada, y a las ocho se encerró con los suyos en una unidad móvil que parecía una versión reducida de la sala de control de la NASA en Cabo cañaveral.  Durante una hora realizó un prodigioso e inédito ejercicio de realización y edición simultánea de algo que no era televisión, pero tampoco era publicidad, que era un directo pero también el rodaje de un spot. El resultado fue magnífico. Descendió del enorme camión, feliz. Nos abrazó a todos, uno por uno, largamente, satisfecho, repartiendo esa mirada de niño asombrado y esa convicción melancólica de que, a pesar de todo, no le estábamos entendiendo. Y se fue a descansar por fin.

    Creo que fue entonces, más o menos entonces, cuando por fin me di cuenta. Demasiado tarde. Perdóname, Aixa.

    No voy a olvidar nunca su silueta negra, de un negro profundo.

    De un negro luminoso.

    Josep Miquel Aixalá, ‘Aixalá’, falleció en Barcelona el pasado sábado 2 de junio. Parte de su amplia y brillante trayectoria como realizador, montador y estilista se ha desarrollado en el ámbito de la publicidad y ha estado particularmente vinculada a la productora Ovídeo TV. Su perfil en Vimeo contiene su biografía y una muestra de su trabajo.

    Imagen de un spot de Bledina emitido en 1990. Su montador fue Aixalá y sus redactores Toni Segarra, autor de este artículo, y Arturo Tolleson.

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