
El fútbol “de a diario” es competición, es polarización, es polémica.
El mundial es diversión, es vibración, es pertenencia. Son aficiones divirtiéndose. Las quedadas de ultras son sustituidas por ciudades convertidas fan zones comunes en las que las aficiones se meten las unas con las otras con gracia e ingenio.
Qué grandes las historias de la Tartan Army, el respeto de los japoneses, la vibra de los congoleños, la leyenda en vivo de los caboverdianos.
Pequeños relatos dentro de un relato mayor: el de millones de personas buscando una excusa legítima para sentirse parte de algo.
El Mundial es un espacio maravilloso para las marcas.
Cada año sigo con interés Meaningful Brands, no tanto por el ranking en sí, sino por la pregunta que hay detrás: qué hace que una marca sea realmente significativa en la vida de las personas.
Y hay sectores que lo tienen especialmente difícil. Entre las treinta o cincuenta marcas más significativas, nunca encuentras telcos, energéticas, bancos o aseguradoras. Suelen jugar un papel ingrato: son imprescindibles, pero muchas veces invisibles. Como el árbitro del Mundial, solo se les mira cuando algo falla.
Es una faena, pero así son las cosas. Y precisamente por eso, estas marcas necesitan encontrar territorios donde no solo sean proveedoras de servicio, sino facilitadoras de experiencia, vínculo y pertenencia.
Por eso me encanta la activación del patrocinio por parte de Movistar. Ese concepto de “la red que nos une y que no se ve” es identitario para Movistar y también para la Selección.
La Selección también es una red. Una red emocional, invisible, imperfecta, hecha de acentos, generaciones, recuerdos, bares, grupos de WhatsApp, familias, desconocidos abrazándose en una plaza y gente que durante un rato decide ponerse de acuerdo. Movistar, por su parte, tiene una verdad de marca evidente: conectar personas y operar de manera discreta. Cuando ambas verdades se encuentran, el patrocinio deja de ser presencia y empieza a ser sentido.
Y ese es el motivo de escribir estas líneas: qué bonito es encontrar una esencia común entre patrocinador y patrocinado y basar en ello la colaboración.
La coherencia se refuerza, además, en la elección del rostro. Luis de la Fuente no es el icono más ruidoso, ni el personaje más obvio para protagonizar una campaña emocional. Precisamente por eso encaja. Representa una forma de liderazgo discreta, de trabajo bien hecho, de unión sin estridencias. No roba el foco: lo ordena.
Sin histrionismo, solo trabajo bien hecho.
¿Puede ser más coherente?
Incluso la presentación de la convocatoria en el espacio Telefónica -la casa del fútbol–, con la participación del Rey Felipe VI en el vídeo de la RFEF, añadía otra capa simbólica al mismo territorio: “la lista de todo un país”. Más allá de cualquier lectura ideológica, el gesto funcionaba con coherencia, esta vez en clave institucional: una representación común, serena, reconocible, pensada para subrayar aquello que une.
El patrocinio se usa muchas veces para intentar una transferencia de valores del patrocinado al patrocinador que no siempre funciona. Así, vemos marcas viejunas acercándose a creadores de contenido creyendo que ser joven es rodearse de jóvenes. O marcas con poca concreción en sus valores asociándose a embajadores con arraigados valores, pero que no tienen mucho que ver. O campañas que confunden estar cerca de la conversación con tener algo verdadero que aportar a ella.
Esa transferencia no funciona por contacto. Funciona por coherencia.
En definitiva, el buen patrocinio no consiste en aparecer donde hay afecto para intentar capturarlo. Consiste en encontrar una verdad compartida entre la marca, la propiedad y las personas
En un tono más racional, Mapfre nos dice que la selección es más que once, que la selección es de todos y que así nos apoyamos los unos a los otros cuando nos necesitamos.
Recordemos que Mapfre tiene miles de ‘grueros’ por España que son autónomos, y la compañía necesita que estos trabajadores se sientan parte de una marca y que hagan suyos una serie de comportamientos y valores.
Victoria tenía otro camino casi escrito desde el nombre. Pero que algo sea evidente no significa que sea fácil. La marca ha sabido convertir la victoria en una plataforma narrativa, apoyándose en memoria, deseo colectivo y cultura popular. Su asociación con la Selección recuerda algo que a veces se olvida: muchas marcas no solo han usado el patrocinio para ganar visibilidad; se han construido culturalmente gracias a él.
La Casera juega en otro registro: el de la memoria publicitaria. Le basta activar su “si no hay Casera, nos vamos” para recordarnos que hay marcas que forman parte del paisaje emocional de un país. Con el tono popular, el homenaje a Manolo el del bombo, la narración de Manolo Lama y el guiño al estadio como espacio social, la campaña no intenta parecer más grande de lo que es. Y precisamente por eso funciona.
Hablando de coherencia, Google habla de producto, pero qué bien hilado lo de jugar con el extraño nombre de la sede donde se concentra la selección: Chattanooga.
En definitiva, el buen patrocinio no consiste en aparecer donde hay afecto para intentar capturarlo. Consiste en encontrar una verdad compartida entre la marca, la propiedad y las personas.
Cuando esa verdad existe, la activación no parasita la emoción: la amplifica.
Y cuando no existe, se nota todavía más…
