• Opinión

    Adictos a la conectividad, por Carlos Tribiño

    Si Sigmund Freud viviera, explicaría su teoría fálica alrededor del móvil, objeto de deseo, obsesión y frenesí de adultos, jóvenes y niños. No por su diseño, ni por los miles de juegos, servicios de...

      • Autor
      • Editorial de Anuncios
    • 9 abril 2012
  • Si Sigmund Freud viviera, explicaría su teoría fálica alrededor del móvil, objeto de deseo, obsesión y frenesí de adultos, jóvenes y niños. No por su diseño, ni por los miles de juegos, servicios de mensajería, apps, multi-funciones, y conectividad que nos proporciona. Sino por las implicaciones psicológicas que esta conectividad –o falta de ella– suponen. Quien no está conectado, no está.

    El móvil es más necesidad que capricho, pero los smartphones de hoy, y todas sus aplicaciones, están llevando nuestra relación con el móvil a una simbiosis adictiva. Para muchos, el smartphone es nuestro primer punto de contacto con el mundo ya que es quien nos despierta por las mañanas. Y así se desarrolla el resto del día…

    Apagas la alarma y ves un mensaje del jefe, que procedes a contestar de inmediato. Respondes a un alerta de WhatsApp, es tu chica deseándote un buen día. Aceptas un par de invitaciones de Facebook, y finalmente chequeas el calendario para ver la primera reunión del día. Ahora sí, y sólo ahora, estás listo para ir al baño, cepillarte los dientes y darte una ducha.

    Preparas un café y tostadas frente al telediario matinal y tuiteas tu reacción a las primeras noticias del día. Entran e-mails, y entre café y tostada, lees los más importantes y respondes a los más urgentes. Sales de casa. Compras el periódico y otro tuit. Coges el metro y aprovechas para leer los e-mails menos urgentes. Lees la aceptación de un antiguo cliente en LinkedIn, y procedes a enviarle un e-mail pidiendo una reunión con su nueva empresa.

    Sales del metro y llamas a tu asistente para avisarle que estás a 100 metros de la oficina. Cuelgas y tienes una perdida de un proveedor. Lo llamas, pero pierdes conexión en el ascensor. Lo intentas de nuevo, cruzando los pasillos, teléfono en oreja, con gestos de «buen día» a la recepcionista y otros compañeros de trabajo. Entras en tu despacho y enciendes el ordenador. Respondes a unos 15 e-mails, 11 de ellos dirigidos a gente que está en un radio de 7 metros de tu despacho.

    Reunión de status. Subes a la quinta planta. ¡Dios! ¡Te has dejado el móvil en tu despacho! Bajas a por él. Empieza la reunión y llama una clienta. Te retiras de la sala para hablar con ella. Regresas a la sala y has perdido el hilo de la conversación. Le preguntas a tu colega de la derecha, pero éste está respondiendo a un BBM. Termina la reunión y camino a tu despacho te das cuenta que te estás quedando sin batería. «¿Alguien tiene un cargador de IPhone?» Tres voluntarios se ofrecen y coges uno. Tienes que llamar a un proveedor pero tu fijo no tiene el número en la memoria. Coges el móvil y llamas con la cara pegada a la pared ya que la longitud del cable del cargador no da más de sí.

    Suena el fijo. Tu jefe quiere que subas. Desconectas el cargador y te diriges a su despacho. Te pide el PowerPoint del nuevo proyecto, lo buscas en tu carpeta de enviados y se lo reenvías. Entra en su ordenador, a centímetros de tu IPhone, lo abre, y lo revisan juntos. Llama un amigo. Lo ignoras. Entra una alerta de Facebook. La ignoras. Entra un WhatsApp y, con mucho esfuerzo, lo ignoras. Sigues enfocado en la reunión con tu jefe.

    Sales a comer con tu agencia de publicidad. Suena la alarma a las 15:00 y ya es hora de que Nueva York te conteste ese pedido urgente que enviaste anoche. Comentas la nueva campaña con el ojo en el móvil cada 20 segundos. Nada aún. Te disculpas y envías otro e-mail a Nueva York. Procedes a comer tu lubina. Suena el móvil. «Disculpen, es Nueva York, tengo que cogerlo». Te tiras 3 minutos al teléfono mientras los demás comen.

    Termina la comida y el resto de la tarde se desarrolla de manera similar a la mañana. Sales de la oficina y camino a casa lanzas un par de e-mails, un tuit, y respondes a esos WhatsApps que te tuvieron tan ansioso a lo largo del día.

    Lees, tecleas

    Llegas a casa y el Facebook te espera con una invitación de tu ex, el plan de fin de semana de tu colega, un mensaje de tu primo sobre el partido de esta noche, más las últimas novedades de TED. Lees, tecleas, lees más, tecleas más. Te entra un Facabook chat y te cuelgas en él. Llegas tarde a la cena con tu chica. «Disculpa, cariño, pero me he retrasado con una llamada de Nueva York». «No pasa nada, amor», responde mientras contesta un BBM. Después de cenar vas dormir a su casa, «cariño, a qué hora pongo el IPhone para mañana?»

    La inversión publicitaria en móviles en España es menor al 1% del total. Y si bien es cierto que a día de hoy la plataforma no cuenta con los formatos ni aceptación de los medios tradicionales, resulta aún más obvio que no tiene más alternativa que crecer.