• Opinión

    Dora la ‘truchera’; por Jorge Martínez

    Lo reconozco, Dora la exploradora siempre me ha parecido un producto infame, carente de calidad, repetitivo y plano. Me dan tiricia sus movimientos mecánicos, sus estúpidos guiones, sus canciones y cada uno de...

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      • Editorial de Anuncios
    • 3 octubre 2012
  • Lo reconozco, Dora la exploradora siempre me ha parecido un producto infame, carente de calidad, repetitivo y plano. Me dan tiricia sus movimientos mecánicos, sus estúpidos guiones, sus canciones y cada uno de sus compañeros de aventuras (Botas, Benny, Isa, Tico ), por no hablar de Swiper, ese zorro previsible e incompetente.

     

    Yo soy mas de Bob Esponja y Hora de aventuras.

     

    Pero a Ángela le gusta Dora, así que he aprendido a hacer de tripas corazón, a cantar con ella las canciones, a decirle a ese zorro tontón «Swiper, no robes» y a llamar al mapa cuando estamos perdidos.

     

    No hay quien soporte a Dora y a su troupe, pero hay algo rescatable en estos dibujos, la celebración, por todo lo alto, de la consecución de un objetivo como algo extraordinario. A Ángela le gusta especialmente ese momento, y mueve sus caderas y brazos al grito de «¡Lo hicimos, papá!».

     

    Hay pocas cosas tan gratificantes como pretender hacer algo, y hacerlo. Resulta un ejercicio de lo más sano para combatir el tedio y el ambiente de parálisis que nos rodea, pero sobre todo, para no acabar tirando la toalla ante tanto acojonado y ante la falta de iniciativa y liderazgo.

     

    Para demostrar a los demás que eres capaz de conseguir algo, debes demostrártelo primero a ti mismo y cuando -como ahora- no llegan suficientes estímulos en forma de encargo, do it your self. Esa es mi máxima.

     

    Recuerdo que hace unos años, cuando recibía a jóvenes estudiantes y recién licenciados en la agencia, sus books estaban repletos de truchos, ejercicios creativos, huérfanos de briefing, que los chavales mostraban orgullosos como señal de sus posibilidades creativas.

     

    Algunos de estos ejercicios eran realmente interesantes, incluso brillantes, y me sorprendía que los mostraran en sus entrevistas con agencias, en vez de dirigirse directamente al cliente a intentar venderlos.

     

    Con el tiempo, los truchos han ido desapareciendo de los books y ganando mala fama, como si la ausencia de un encargo, o de un cliente real detrás de una idea creativa, fuera algo de lo que avergonzarse.

     

    Si miro para atrás, mi trayectoria está llena de ideas que no han salido de un encargo, ideas que no han salido de un brief, sino más bien de mi deseo personal por hacer cosas, de mi hiperactividad, o de la simple observación de la realidad que me rodea y que me lleva a buscar respuestas y soluciones.

     

    En Murcia no han abundado nunca las oportunidades, y uno ha tenido que buscarse la vida para no caer en la desazón y seguir creyendo en lo que hace. Quizá mi mayor mérito resida, precisamente, en hacer que algunas de esas ideas acaben siendo compradas por un cliente, colocándolas y buscándoles un sentido práctico y real; pero, en origen, mis mejores ideas podrían catalogarse como truchos.

     

    Así que lo reconozco, soy un truchero pero también un tipo ambicioso y entusiasta, desapegado de dogmas, y enamorado de los retos más difíciles. Combinación que me convierte en una especie de hacedor, y que me ha dado no pocas alegrías en mi vida.

     

    Taxi

     

    El otro día, estando con Rafa Soto y Marcel-li Zuazua en Madrid, tras una presentación, se nos ocurrió una idea en el taxi que nos trasladaba, raudo y veloz, a un selecto restaurante: El Diamante.

     

    Quizá el hecho de que el taxista se pusiera a insultar a los catalanes, sin darse cuenta de que el enemigo viajaba con él, nos llevó a abstraernos, y a verle todo el sentido del mundo a una de esas frases coloquiales que pasan desapercibidas. El caso es que surgió una idea, con posibilidades, a la que hemos decidido hincarle el diente.

     

    La idea carece de cliente -por ahora-, y esto nos llevó a un debate interesante en los siguientes días: ¿se necesita un cliente para llevar a cabo una idea?, ¿una idea sin cliente, es una idea menos valiosa? Divertirse, aprender, hacer, ¿no son suficiente estímulo?.

     

    Rafa, Marcel-li y un servidor hemos decidido que sí (no podría ser de otra forma), y por el camino, me ha dado por pensar, si con la que está cayendo ahí fuera, no sería un fantástico momento para reivindicar el trucho, abiertamente, sin tapujos, sin falsos clientes detrás que posibilitan con su logotipo la inscripción en festivales, sin pomposos case studies que te intenten convencer de la veracidad de la idea… truchos, joder, sin mariconadas.

     

    La Asociación Española de Amigos del Trucho Ibérico debería ser una realidad, una plataforma que diera cabida y visibilidad a todas esas ideas locas, maravillosas, geniales, disparatadas, que están huérfanas de marca y encargo, que han salido del aburrimiento, del hartazgo, de la inspiración, de la precariedad, o del taxi de un fascista, qué más da.

     

    Quizá desde la asociación, algunas de esas ideas encuentren su media naranja, o resulten inspiradoras y lúdicas para muchos. Quizá, si diéramos cabida a otras disciplinas creativas, nos daríamos cuenta de que el trucho no es una mentira, sino una verdad a medias, una idea en potencia, que solo requiere de actitud para convertirla en realidad.

     

    Hacer, esa es la cuestión.

     

    Jorge Martínez