• Opinión

    El silencio de los publicitarios catalanes; por Ricardo Pérez

    Sabemos por experiencias no demasiado lejanas en el tiempo y el espacio que los silencios pueden resultar peligrosos y cómplices.       En nuestro ámbito, guardamos silencio –solo los anunciantes levantan la...

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      • Editorial de Anuncios
    • 21 noviembre 2012
  • Sabemos por experiencias no demasiado lejanas en el tiempo y el espacio que los silencios pueden resultar peligrosos y cómplices.

          En nuestro ámbito, guardamos silencio –solo los anunciantes levantan la voz-  ante los desmanes de los políticos como la supresión de la publicidad en TVE y así estamos, sin spots, sustituidos por infames autopromos.

          Esto es mucho más grave. Me preocupa el silencio de los catalanes, de los publicitarios, ante el pronunciamiento más independentista de los últimos tiempos, que puede partir en dos un sector que siempre ha estado voluntaria y cómodamente unido.

          No sé lo que pasa en otras profesiones, pero en publicidad siempre hemos ido todos a una, sin fisuras ni banderías, ya fuéramos de Madrid, de Barcelona… o de Murcia, cuando inventan una píldora mágica contra el dolor ajeno.

          Dentro y fuera, en conferencias, reuniones y festivales internacionales, hemos defendido lo nuestro todos a la vez y con una sola voz.

          De hecho, nos llevamos peor con nuestros paisanos, que con los de la otra ciudad.

          Supongo que todos pensaréis lo mismo, pero en mi caso me crujen mis principios y mis finales al pensar que puedan dividirnos.

    En 1978 me asocié, a instancias de Joaquín Lorente –que me abordó en una cena de Control–  con tres catalanes y un holandés errante pero rara vez errado: léase MMLB. La genialidad de Montfort, Lorente y Moliné y el seny de Borsten –en esto más catalán que todos–  han sido para mí ejemplo y guía, aunque haya hecho la guerra por mi cuenta y a mi manera.

          Extiendo mi admiración a otros catalanes como Segura, Rodergas y, por supuesto, al más representativo y conocido fuera de la profesión, llámesele Luis o Lluís.

          Con Pomés he rodado –ha rodado él–  en la isla de La Toja una espléndida película de dos minutos. Con Borrás, un gran hombre en todos los sentidos, que nos dejó recientemente, he subido a recoger en Cannes el León de Oro más aplaudido de la historia, por la Condición Femenina.

          También he compartido tarea y despacho con Luis Casadevall, cuando se vino a Madrid a trabajar en Tandem conmigo por una corta etapa. No hace falta decir nada sobre su brillante ejecutoria posterior, solo o en compañía de otros, como el inolvidable Ernesto Rilova o Salvador Pedreño, un tío de lo más sólido del marketing y la gestión. Por cierto, no sé qué camino tomaría Luis si tuviera que decidir entre sus dos identidades, si se quedaría en su Barcelona o se subiría a la colina sevillana de sus ancestros y amigos.

    Mi querencia por lo catalán, que los políticos están empezando a resquebrajar, va más allá de la publicidad. Mis escritores de cabecera son Eduardo Mendoza, Carlos Ruíz Zafón, que empezó en esto y deja señales y referencias de ello en su obra, y Francisco González Ledesma (antes Silver Kane). Si me extiendo un poco más, incluyo a Alicia Giménez Bartlet, que llegó de Albacete como tantos otros, y a Lorenzo Silva, flamante ganador del Planeta, que ahora me entero de que vive a caballo entre Madrid y Barcelona y que declara que se le partiría el alma si nos separase algo más que el invisible meridiano que pasa por la mitad de nuestra común geografía.

          Pongo el acento –mi acento madrileño-  en lo sentimental, pero ya me dirán lo que puede llegar a ser el problema empresarial. Si siempre los de allí se han quejado de que los grandes anunciantes estaban aquí, no digamos lo que pasará cuando algunos empresarios digan adiós a Barcelona cantando el Laralá.

          Supongo que a Toni Segarra, el más brillante de la generación que ahora está al mando, le gusta conducir los deseos de 47 millones, no solo de 7, que se alojan en cualquier hotel, según el chino del chiste.

          Pero el mayor problema sería para las productoras que tienen en Madrid más del cincuenta por ciento de su facturación. Las agencias de aquí trabajamos con Barcelona como la cosa más natural del mundo, pero ¿sería igual si Barcelona fuera la capital de otro estado dentro –o no–  de la Unión Europea?

          La familia Albiñana tendría que trasladar sus impresionantes instalaciones al centro o a Zaragoza, sin ir más lejos, para mantener su negocio procedente de Madrid.

          Los listísimos hermanos Uría, lo mismo. Los Solanes también tendrían más difícil seguir aportando su buen gusto a clientes de la Villa y Corte (Inglés).

          El director y propietario de la última productora de Barcelona con la que he trabajado, catalán hasta la médula, estoy seguro de que coincidirá conmigo en que la independència no és bon negoci.

    Por cierto, y no me refiero a la productora, ¿seguiría habiendo Puente Aéreo entre las capitales de dos países distintos?

    Se me dirá que la publicidad es un mundo sin fronteras y es verdad, todos hemos trabajado alguna vez con una productora de Londres o más allá, pero ha sido algo fuera de serie, en busca de algún talento o técnica especial. Además, ya puestos a producir en el extranjero, a lo peor se nos ocurría acudir a Milán o París para variar.

    Pasear

    Si no he estado en Barcelona cien veces, no he estado ninguna. Para rodar, para grabar sonidos más altos y mejores, para asistir a una reunión o festival o simplemente para pasear por sus ramblas y visitar sus librerías, pero eso seguirá siendo así si uno puede sentirse como en casa o mejor.

    Mejor sería decirles a los que se empeñan en imponer que Catalonia is different, que eso ya lo dijo alguien que no creo que cayera muy bien por allí, pero referido al total, a Spain, que, como Hacienda –Baladés dixit–  «somos todos». Hasta ahora.

    Ricardo Pérez

    Presidente de Ricardo Pérez Asociados