• Opinión

    OK Glass; por Carlos Tribiño

    La palabra «OK» es tal vez la más utilizada en el  mundo: americanos, árabes, noruegos, brasileros, filipinos, etíopes,  y hasta algunos chinos utilizan este término con el mismo significado, la misma...

      • Autor
      • Editorial de Anuncios
    • 24 mayo 2013
  • La palabra «OK» es tal vez la más utilizada en el  mundo: americanos, árabes, noruegos, brasileros, filipinos, etíopes,  y hasta algunos chinos utilizan este término con el mismo significado, la misma ortografía, y prácticamente la misma pronunciación. Ahora Google promete añadir otra variable a esta expresión que seguramente tome la misma penetración cultural y geográfica: «OK Glass».

    «OK Glass» es el comando de voz que inicia cualquier acción de Google Glass, valga decir como una suerte de botón de activación para que Google Glass realice cualquier acción que se le pida mediante voz humana (para realizar una simple búsqueda, basta con decir «Google» y la palabra o frase).

    Pero ¿qué es Google Glass? Por si existe algún mortal que aún no se haya enterado, son unas gafas de Google (significado de Google Glass en inglés), sin lentes, con una pequeña cámara e ínfima pantalla en el extremo superior derecho que nos da una visibilidad en un entorno de realidad virtual, es decir, nos permite ver parte de lo que vemos en nuestro campo visual dentro de la pantalla. Esta humilde y minúscula pantalla de unos milímetros cuadrados tiene ambiciones muy grandes.

    El aparato está equipado con Wi-Fi, BlueTooth, una cámara de 5 megapixels, memoria de 16 gigas, geolocalización, y reconocimiento de voz natural. Nos permite ver el tiempo, ofertas, información de vuelos, la hora, direcciones de carretera, enviar mensajes, hacer fotos, grabar videos, compartir lo que vemos con otros en tiempo real, buscar imágenes, y una multitud de tareas, todo relacionado con nuestro entorno, y activado por voz. Casi nada. Desde luego, promete humillar las más altas aspiraciones de los smartphones, las tabletas, y del mismísimo Dick Tracy.

    Remontémonos a finales de los años Ochenta, cuando empezábamos a ver ejecutivos con ladrillos al oído cerrando contratos por Wall Street. Luego en los Noventa vinieron los impresentables que interrumpían una reunión cuando sonaban sus flip-phones. Y en el nuevo milenio aún se ve algún pringado hablando a su aparato de BlueTooth colgado desde su oreja. Pues prepárense para ver (y ser) los androides con gafas hablando en el vacío con su mirada hacia el noreste, haciendo la compra, enviando mensajes, sacando fotos y reservando vuelos.

    Revisando un prototipo de estas gafas, debo confesar que son tan potentes como temerosas. No soy partidario de aquellos dinosaurios que opinaron en su día que el telégrafo, el teléfono, la televisión y otras invenciones serían inútiles o dañarían nuestra forma de relacionarnos. Y tampoco opino lo mismo de Google Glass, todo lo contrario.

     

    Compromiso

    No obstante, vale la pena establecer algunas reglas de compromiso. Si bien mi primer móvil data de principios de los Noventa, nunca he sido de las personas que atiende le móvil en plena reunión, salvo en caso de emergencia. Y por lo tanto no tengo en mente llevar mi Google Glass en el vestuario del gimnasio, donde podría no sólo hacer fotos, sino videos, de mis alrededores, sin que nadie se enterara, por ejemplo.  Ni grabaría conversaciones confidenciales para enviar más tarde a oídos ajenos. Ni las llevaría en el cine para que mis compis puedan ver la peli desde sus salones.  Ni… en fin, me entienden.

    Pero dejando comportamientos de etiqueta virtual de lado, como profesionales del marketing ¿qué implicaciones tiene Google Glass? No tengo claro aún qué puertas abrirá Google a los anunciantes, pero desde luego la empresa no es una ONG.

    Como anunciantes, hemos aprendido a comunicar con SEO, SEM, retargetting, rich media, videos online y publicidad móvil, algunos con mayor éxito que otros. Ahora tendremos un nuevo medio. Las gafas. Una nueva pantalla, un nuevo reto. A ver qué, cómo, y cuándo ponemos algo en ellas para que el consumidor nos de su «OK».