Me enteré de la muerte de Alfredo García-Valdés por casualidad, en una conversación con una antigua compañera de McCann que pensaba que yo ya lo sabía. Durante unos segundos no supe reaccionar. Fue como si, de repente, toda una vida pasara a gran velocidad por mi cabeza. Recuerdos, momentos, conversaciones… y una sensación difícil de describir, mezcla de incredulidad y una profunda tristeza.
Pensé incluso que podía no ser cierto. Llamé a otra compañera, alguien que, como yo, tenía una gran conexión con él. Me lo confirmó. Después hablé con su familia. Y entonces sí, comprendí que Alfredo ya no estaba.
Para muchos, Alfredo García-Valdés fue el fundador de McCann en España y uno de los grandes referentes de la publicidad en nuestro país. Para mí no fue eso. Fue mucho más.
Cuando yo entré en la agencia con dieciséis años, Alfredo era una figura casi inaccesible. Todos le llamaban “Don Alfredo”. Nunca escuché a nadie en la empresa referirse a él de otra manera. Su liderazgo era firme, su criterio incuestionable y su presencia imponía respeto sin necesidad de gestos ni palabras. No era cercano, al menos en apariencia. Pero era admirado de forma unánime. Nunca oí una crítica hacia él. Solo respeto.
Con el tiempo tuve la oportunidad de conocer al verdadero Alfredo. Y descubrí algo que muy pocos veían.
Su verdadero legado fueron los valores que transmitió a quienes tuvimos la suerte de estar cerca de él
Detrás de esa imagen sólida e impenetrable había una persona profundamente humana. Un hombre guiado por valores muy poco comunes: una honestidad absoluta, un sentido del deber inquebrantable, una enorme responsabilidad hacia las personas y una coherencia personal que marcaba todas sus decisiones. Alfredo no solo dirigía una empresa, entendía que dirigía vidas.
Nunca olvidaré un lunes a las 09:00 en su despacho. Yo había pedido aquella reunión el viernes anterior a través de su secretaria para comunicarle que me iba de McCann. Entré con nervios, con dudas, sin saber muy bien cómo empezar. Él me pidió que me sentara. Me miró con calma. Y antes de que yo pudiera decir una sola palabra, empezó a hablar.
Aquel día no encontré al presidente. Encontré a una persona que entendía perfectamente lo que yo estaba viviendo. Que sabía anticiparse a mis inquietudes. Que no juzgaba, sino que orientaba. Que no imponía, sino que enseñaba. Salí de aquel despacho con lágrimas en los ojos, con la sensación de haber recibido una lección que iba mucho más allá de lo profesional. Y, sin saber exactamente qué vendría después, tomé una decisión que cambiaría mi vida para siempre.

Con los años entendí que ese era el verdadero legado de Alfredo. No solo las empresas que construyó, ni las decisiones que tomó, ni siquiera las personas a las que confió responsabilidades. Su verdadero legado fueron los valores que transmitió a quienes tuvimos la suerte de estar cerca de él.
En mi caso, fue mucho más que un referente profesional. En muchos momentos fue un guía, un apoyo, alguien que me enseñó a entender la vida con responsabilidad, con ética y con respeto hacia los demás. Alguien que, sin necesidad de decirlo, te hacía querer estar a la altura. Perdí a mi padre cuando tenía cuatro años, y con el tiempo entendí que Alfredo, sin pretenderlo, ocupó ese espacio: ejerció como una figura paterna, enseñándome no solo a dirigir, sino a vivir.
Hoy, al recordarle, siento un profundo agradecimiento. Por su confianza, por su exigencia y, sobre todo, por su ejemplo.
Allá donde estés, gracias, Don Alfredo.





