Hoy volví a entrar en LinkedIn y, de nuevo, me enamoré. Me enamoré del aprendizaje que se destila en cada scroll. Del privilegio que supone el sumergirme a voluntad en un mar de posts donde millones de influencers con muy poca influencia elevan a categoría budística cualquier hecho banal que haya sucedido el finde. Por ejemplo: ¿qué podemos aprender, señoras y señores, de los therians y su gusto por vivir al modo chihuahua? Algunos —pequeños de mente, escasos de ambición— pensamos que poco. Otros, los líderes, los valientes, los trend setters, ya inundan la red social de referencia con sus profundos análisis sobre cómo la dualidad hombre-abubilla es la next big thing para cualquier social entrepeneur que se precie.
¿Cómo no enamorarte? ¿Cómo no rendirte? A esas frases cortas que nos enseñan. Que el sentido común es el menos común de los sentidos.
¿Cómo no preguntarte? ¿Esto se lo habrá escrito la IA o se lo habrá redactado la del pueblo de su tía? La respuesta no está blowin’ in the wind. Está blowin’ en LinkedIn.
Me enamoré —claro, por supuesto, ¿cómo no?— de los gurús de tercera regional que te dan masterclasses día sí, día también, sobre cómo aprendieron todo lo que saben sobre liderazgo el día en que su hijo de cinco años manifestó que es más de Nesquik que de Cola-Cao. No pude resistirme al irresistible atractivo que supone el saber cómo ha ido —en tiempo real— la cosecha de premios de tantos y tantos próceres de tantas y tantas prestigiosas agencias en el Festival de Viladecans.
Caí rendido, ¡cómo no hacerlo!, ante las siete cosas que aprendió un caballero random facturando un millón de euros antes de los treinta. Ante los motivadores en serie cuyos posts trascienden los límites de lo digital para transformarse en auténticas tazas de Mr. Wonderful. Ante la narrativa heroica del fracaso. Ante la obligatoriedad de dar las gracias en público por todo lo vivido a la agencia de la que acabas de salir echando pestes.
Ustedes, sagaces lectores/as, quizá estarán pensando que el escritor cuasiboomer de esta columna está tirando de ironía porque con esta vaina de la IA se le acaba el chollo de escribir para otros desde tunegro.com. Y LinkedIn es la punta del iceberg de esa decadencia que se viene. Podría ser. Pero creo que no. Nada me gustaría más que, en un futuro cercano, en LinkedIn solo hubiera bots que respondieran a otros bots y que servidor no tuviera que pisar esos barrios.
Antonio Pacheco, director creativo ejecutivo en Negro

