Opinión

Nueve minutos frente a una pantalla que no puedes cerrar

Un artículo de Álvaro Corno, cofundador de Relevont, medio de comunicación digital en el interior de taxis

Sube usted a un taxi en cualquier ciudad española. Le da una dirección al conductor, se acomoda, y a la altura del reposacabezas del asiento delantero hay una pantalla encendida. No es el navegador. Es un medio de comunicación.

Puede que no le haya pasado todavía, pero le va a pasar. En España se está construyendo, casi sin ruido, una categoría que hasta hace muy poco no existía aquí como tal: pantallas dentro de vehículos, con contenido y con publicidad, en un espacio que el sector de los medios llevaba décadas mirando por fuera y nunca por dentro.

Lo interesante no es la pantalla. Pantallas hay en todas partes, y llevamos veinte años poniéndolas en sitios donde antes había papel. Lo interesante es lo que ocurre alrededor de esa pantalla concreta: alguien sentado, en un espacio cerrado, durante un tiempo que no elige, sin nada particular que hacer y sin la posibilidad de saltar al siguiente contenido.

Nosotros hemos medido cuánto dura ese rato. La mediana de un trayecto urbano en horario diurno es de 9 minutos y 8 segundos.

Nueve minutos es mucho tiempo. Es más de lo que dura la mayoría de lo que consumimos voluntariamente en el móvil. Es una eternidad comparado con los dos segundos que el sector asigna al impacto de una valla. Y es, sobre todo, un dato que no hemos estimado: lo hemos contado.

Ahí está la parte que me parece que merece una conversación más amplia que la de un formato nuevo.

La publicidad exterior lleva décadas estimando audiencias porque físicamente no había alternativa. Una valla no sabe si alguien la ha mirado. Un mupi, tampoco. Así que el sector construyó algo notable para responder a una pregunta que el soporte no podía contestar: modelos de flujo, aforos, estudios de movilidad y, más recientemente, datos de telefonía que reconstruyen trayectos. Es ingeniería fina levantada sobre una limitación física real.

Pero esa limitación ha dejado de ser universal. Hay soportes que hoy sí saben si hay alguien delante, cuánto tiempo ha estado y en qué momento exacto. No todos, ni siquiera muchos. Los suficientes como para que el sector tenga que decidir qué hace con ellos.

Nosotros pertenecemos a ese grupo pequeño, y por eso escribo desde una posición incómoda. Cada reproducción que emitimos queda registrada de forma individual, con dispositivo, ubicación y creatividad, y sabemos si el vehículo llevaba a alguien dentro. No es una proyección: es el registro de lo que ocurrió. Y ese dato tiene una propiedad que conviene decir en voz alta: es más pequeño que el de casi cualquier otro, y es verdad.

Ese es el problema real, y no es tecnológico sino comercial. Un dato censal siempre parecerá modesto al lado de un dato estimado. Si uno puede demostrar 3 impactos y otro estima 300.000, el planificador que tiene que justificar una cobertura ante su cliente elegirá el segundo. No por mala fe, sino porque el mercado premia el número grande y todavía no ha aprendido a premiar el número comprobable.

Esto ya pasó antes, y no hace tanto. La publicidad digital vivió años de impresiones infladas hasta que la industria decidió que una impresión no vista no era una impresión. Aquella corrección costó dinero y reputación a mucha gente, y el sector salió mejor de lo que entró. El exterior está en un punto parecido, con la diferencia de que aquí la tecnología ha llegado antes que la conversación.

Hay dos cosas que se pueden hacer, y ninguna requiere heroicidades.

La primera es aceptar que medir y estimar conviven. Nadie está pidiendo desmontar los modelos de audiencia, que funcionan y cubren la inmensa mayoría del inventario. Se trata de que, cuando un soporte aporta un dato observado, exista una casilla donde ponerlo en lugar de tener que convertirlo a la fuerza en una estimación para que quepa en la herramienta de planificación. Y de auditarlo, claro: un dato propio sin verificación independiente vale poco, y con razón, porque el mercado no tiene ninguna obligación de creerse lo que un medio cuenta sobre sí mismo.

El día en que un director de marketing pida, no cobertura estimada, sino contactos demostrables, el incentivo cambia de golpe y todo lo demás se ordena solo.

La segunda es más difícil y no depende de los medios. Mientras la conversación sobre medición ocurra solo entre soportes y agencias, ganará siempre quien tenga el número más grande. El día en que un director de marketing pida no cobertura estimada sino contactos demostrables, el incentivo cambia de golpe y todo lo demás se ordena solo.

Volviendo al taxi. Lo que hace interesante a un medio nuevo no suele ser su novedad, que se agota en un titular, sino lo que obliga a repensar de lo viejo. Nosotros llegamos a esto por una razón práctica: al no existir la categoría, no había una forma estándar de medir su audiencia y tuvimos que construirla desde cero. Sin herencia y sin costumbre. Y al hacerlo descubrimos que la pregunta que nos habíamos hecho por necesidad era la misma que el medio exterior lleva cuarenta años respondiendo como buenamente ha podido.

La publicidad exterior ha demostrado durante décadas que sabe medir lo que no se puede contar. Ahora tiene que decidir qué hace cuando sí se puede.

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