• Opinión

    Cirros, cúmulos y estratos; por Enrique González

    Ayer era Jaime de la Peña y hoy es Eduardo McLean. Adiós, muchachos. Erais a cual más genial. Algunos sólo podemos tener palabras de agradecimiento para los dos, porque conoceros ha sido estupendo. De lo...

      • Autor
      • Editorial de Anuncios
    • 4 julio 2012
  • Ayer era Jaime de la Peña y hoy es Eduardo McLean. Adiós, muchachos.

    Erais a cual más genial. Algunos sólo podemos tener palabras de agradecimiento para los dos, porque conoceros ha sido estupendo. De lo mejor, hablando de las cosas que nos ha tocado vivir en esta profesión tan pintoresca, y de las personas que nos han marcado para bien.

    Bueno, pues venga. Inventemos algo para distraernos y aliviar el dolor de la herida. Por ejemplo, una conversación plausible entre colegas, la noche antes de la marcha de Eduardo. Jaime fumando allí en la nube: –»Si te encuentras hecho polvo, lo mismo que estaba yo en los últimos tiempos, vente. Aquí no se está tan mal.»  Eduardo: –»¿Tú crees? Todavía quería hacer unas cuantas cosas pero no sé, tal vez me convenga más desentenderme. ¿Tu qué harías? Ah, bueno, ya me lo has dicho».

    Recurramos a esa faena de alivio: como si el Memento homo, quia pulvis eris

     et in pulverem reverteris de las misas de réquiem sólo atendiera a la parte de la historia que se queda en lo terrenal y, ateos gracias a Dios, no nos conformemos. Y nos emperremos en que lo que venga después de irnos está por ver. Tengo un amigo que lee en el metro libros de física cuántica y luego me instruye sobre las dimensiones que están ahí pero no se nos revelan, de lo cual se concluiría que Paul Elouard tenía razón y que hay otros mundo pero están en éste. La nube donde dejan fumar incluida.

    Tal vez por el apellido que imprime carácter, tal vez por cuestiones familiares

    (Pamela, la madre de sus hijos, nació en la India de padres occidentales y siempre me pareció una heroína de las películas de David Lean o James Yvory), Eduardo Mclean ha sido el más anglosajón de nuestros realizadores. En los Setenta, que fueron años de aprendizaje de la asignatura del spot para los departamentos creativos de las agencias y para las productoras, había un norte: Londres, los ingleses. Maestros en el arte de contar más en menos tiempo, maestros de la luz, de la ironía, de los sentimientos, de las bandas sonoras, del montaje. Eduardo nos acercó mucho de todo eso y aunque no haya sido el único, sí fue el que con más constancia comenzó a enriquecer los equipos de producción con algunos de los mejores directores ingleses de fotografía del momento, desde  John Alcott, que ya había iluminado Barry Lyndon para Kubrick, a Stephen Goldblatt. que todavía no era director. Fueron muchos primeros espadas los que pasaron por los platós de Barcelona y Madrid llamados por Eduardo.

    Pero él no sólo recurría al talento foráneo. Los mejores directores de fotografía de nuestro país han tenido en él a un entregado admirador  y también  a un realizador empeñado en exprimirles a conciencia hasta dar con La luz de cada spot. La luz, el alma, después de un buen guión y unos actores competentes. También apreciaba, y quién no, la escuela inglesa de actores, en unos tiempos de penuria de la escuela nacional que afortunadamente parecen pasados. Él hacía pelear a las agencias por los presupuestos y al final traía de allá a los actores de carácter a sus películas y el resultado era magnífico.

    La duda metódica y la exigencia, empezando por la propia, iban moldeando el producto hasta quedar redondo. Si te embarcabas en la aventura con Eduardo ya sabías a qué atenerte: la comodidad no era su credo. De entrada ponía el listón allá arriba, y luego todo subir. Fue un gran contador de historias. Las bordaba.

     

    Verdad y leyenda

    Una personalidad tan rica y tan compleja como la de Eduardo, animando el patio en el mundo de por sí febril de los rodajes, podría llenar páginas y más páginas de anécdotas, en las que al final cuesta distinguir qué es verdad y qué será  leyenda. Pero da igual. Proporcionan un retrato. Y nuestra generación  puede dar fe de que lo que escuchéis de él, si es bueno o divertido, le hace justicia y lo que no, le traiciona y os lo podéis ahorrar. Había una dimensión en su persona que era la del niño, a la vez sabio y dispuesto al prodigio. Y, creedme que podía enternecerte.

    –»Oye Jaime, yo no fumo pero dame un pitillo, mira, voy a fumar hoy, no hay nada malo en ello ¿no? Bueno, sí, ya sabemos ¿Tú qué crees? Porque además en esta nube se está bien, claro que, ¿no te parece que sería mejor un cúmulo que un cirro? Me encantan los cirros pero es que los cúmulos…¿Qúe marca de pitillos es ésta? Te gustan ¿no? ¿Me la recomiendas? Mira qué luz ese cúmulo.»

    –»Venga Mclean, vamos al cúmulo. Estaremos más mullidos.»

     Enrique González

    Socio fundador BriskTeam Comunicación