• Opinión

    Cruz; por Carlos Holemans

    Aquella mañana de primavera de 1960, Karel H., un pintor flamenco varado en la costa de Tarragona, dio por terminado el cuadro. Esta vez no se trataba de uno más de sus paisajes clasicistas, que tan buena...

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      • Editorial de Anuncios
    • 21 mayo 2012
  • Aquella mañana de primavera de 1960, Karel H., un pintor flamenco varado en la costa de Tarragona, dio por terminado el cuadro. Esta vez no se trataba de uno más de sus paisajes clasicistas, que tan buena salida tenían, sino de una pintura figurativa. De tema religioso, por más señas.

    En aquella España que olía a botafumeiro y correaje de cuero, la inminente Semana Santa le había dado una nueva idea, que él anticipaba muy comercial. Se trataba de una imagen de Cristo llevando su cruz. Se la quitarían de las manos, pensó.

    Sin embargo, la ligereza con que el Cristo llevaba su madero, no al hombro sino bajo el brazo, acaso a punto de dejarlo en el suelo, expresaba un muy humano hartazgo de tanto calvario y tanto latigazo. Un diablillo burlón le precedía, celebrando aquella debilidad tan poco divina.

    No sé qué poseyó al pintor para pensar que su idea podía tener algún éxito en aquella ciudad, en aquellos días. Pero lo cierto es que una vez seca y fijada, corrió a exponer la pintura en el escaparate de una céntrica tienda de tejidos, a falta de mejor galería donde venderla.

    A los pocos días, llegó la Semana Santa. Llegó la procesión. Y llegó el arzobispo.

    (Si esta historia fuera ficción, jamás habría inventado un nombre mejor para el personaje del arzobispo: Arriba y Castro).

    Su Excelencia Reverendísima arribó y castró. Envió, de su puño y letra, una airada carta a la sencilla pensión en la que vivía el blasfemo pintor. En ella le exigía la inmediata retirada de aquella abyecta creación. De no hacerlo, se exponía a la excomunión y al fuego eterno, lo que me consta que al pintor le traía bastante al pairo. Sin embargo, la carta le anunciaba además algo mucho más serio: represalias legales y reprobación social. Una amenaza que, siendo un extranjero de dudosa procedencia, y encima artista sin ocupación decente conocida, era bastante más preocupante.

    Así pues, el pintor que un día sería mi padre recogió su criatura y la llevó a la pensión donde vivía, en el más clamoroso de los pecados, con una sospechosa bohemia que un día sería mi madre.

    Aquel Cristo dimisionario no volvería a ver el sol mediterráneo. Pero ni aun agazapado en su alcayata, en un pasillo sombrío, iba a dormir tranquilo. Cristo era y martirio le esperaba.

    Un mal día, en ausencia del pintor, una mano anónima atacó la pintura con ácido. El corrosivo salfumán deshizo el óleo en goterones justicieros.

    Si mala venta tenía la pintura desde el principio, ahora ya sólo valía para el basurero. Malhadado esfuerzo. Adiós a los ingresos previstos.

    O no. La realidad a veces imita a la ficción e, imprevisiblemente, aquí hubo final feliz.

    Un cliente de mi padre, un holandés estupefacto por el escándalo creado, le hizo una oferta. Le compraría el cuadro a condición de que no lo restaurara y de que, con él, le entregara la carta del arzobispo.

    Quería llevarse ambas cosas a Holanda como un testimonio de la oscuridad y la violenta intransigencia de aquella España nacionalcatólica.

    De esta rocambolesca manera consiguió mi padre pagar el alquiler aquel mes.

    En estos tiempos oscuros que hoy vivimos, evoco en ocasiones esta vieja historia que oí de niño. Las sagradas escrituras de los mercados y la penitencia de la austeridad son poco amigas de las ideas desviadas, de la osadía en todas sus manifestaciones.

    Parece hoy tan difícil vender ideas –no ya las heréticas, sino incluso las más domesticadas- que tal vez la solución esté en venderlas fuera.

    Por mis orígenes me resulta más natural intentarlo en Europa. Pero tengo toda la admiración por aquellos colegas que se lanzan a encontrar clientes o a encontrar trabajo en Buenos Aires, Sao Paulo, México, New York o Shangai. Si el entorno se vuelve hostil o poco propicio, lo inteligente es mirar más allá.

    Creatividad es encontrar soluciones nuevas a problemas viejos. Y desde luego, nuestro problema no es de hoy. Lo que debe ser de hoy es la solución.

    Buena suerte a los osados. Que Nuestra Señora del Caos, patrona de los creativos, nos proteja.

    Cruz

    Carlos Holemans / Ilustración : Jordi Carreras

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