• Opinión

    Eixample

    Carlos Holemans / Ilustración: Jordi Carreras. Hacia 1850, Barcelona crecía, como un forúnculo a punto de reventar, atrapada en la jaula de piedra de sus murallas. Rodeada de terreno militar, tenía prohibido...

      • Autor
      • Editorial de Anuncios
    • 15 febrero 2012
  • Carlos Holemans / Ilustración: Jordi Carreras.

    Hacia 1850, Barcelona crecía, como un forúnculo a punto de reventar, atrapada en la jaula de piedra de sus murallas. Rodeada de terreno militar, tenía prohibido construir extramuros. El hacinamiento de personas e industrias, la insalubridad y la superpoblación hicieron necesario planificar el derribo de la muralla medieval y abordar el diseño de su ensanche.

    La ciudad convocó, pues, un concurso de proyectos urbanísticos para ese Eixample liberador. Resultó ganador el arquitecto Rovira i Trias.

    Sin embargo, al someter el proyecto a la aprobación del gobierno de Madrid, éste revocó el resultado del concurso, adjudicándolo a otro participante, cuyo proyecto Barcelona había desestimado. Un tal Ildefonso Cerdà.

    Las élites barcelonesas preferían a Rovira i Trias, por sus calles más estrechas y edificios más altos, que permitían construir más viviendas, y rentabilizar así el metro cuadrado de suelo edificable.

    Cerdà, por el contrario, desperdiciaba el espacio con calles de 20 metros de ancho, amplias aceras para pasear, jardines vecinales y edificios de poca altura para que el sol llegara incluso a los pisos bajos. En el colmo del absurdo, preveía chaflanes para que pararan unos automóviles que aún tardarían treinta años en ser inventados. Un chalado, no cabía duda.

    Los ciudadanos de Barcelona vivieron ese Eixample como una afrenta más de Madrid. Durante décadas, Cerdà fue denostado y su proyecto abominado por todos.  Pero, aunque finalmente tuvo que ceder a las presiones locales en muchos aspectos, su idea perduró.

    Hoy, el Eixample no solo es estudiado por urbanistas de todo el mundo, sino que los barceloneses nos enorgullecemos de su visionario diseño y de la armonía y comodidad de su cuadrícula.

    Esta historia, que si no fuera cierta parecería una parábola de los evangelios, nos deja algunas enseñanzas.

    Una. El concurso es, hoy como hace 150 años, un buen método para hallar grandes ideas.  Sin embargo, hoy como hace 150 años, la mejor idea no es necesariamente la que gana.

    La idea que tiene más posibilidades de llevarse el proyecto es aquella que se diseña especialmente para resolver lo que preocupa hoy e ignora donde estaremos mañana.

    Porque ¿a quién le importa construir una ciudad bella y habitable para las generaciones futuras cuando nos podemos enriquecer hoy mismo?

    La codicia de lo que podemos ganar, o en nuestros días, el miedo a lo que podemos perder, suelen producir pobres soluciones.

    Sin embargo, justo es reconocer que hay que ser muy generoso o muy alto de miras para sobreponerse a la urgencia de lo inmediato.

    Tanto para concebirlo como para aprobarlo.

    Dos. La decisión final de un concurso no se toma racionalmente, por mucho que nos empeñemos en disimularlo con investigación, pretests o análisis DAFO.  El comité que aprueba o declina, toma su decisión exactamente igual que cualquier ser humano ante el lineal del supermercado o el escaparate de un concesionario. Lo hace con una combinación de cabeza y corazón, en la que el astuto corazón maneja a la cabeza con su hipnótica percusión.

    Como en el caso del Eixample, la idea elegida debe superar la presión tectónica de las emociones humanas: codicia, vanidad, ego, miedo y otros ansiógenos. Gana, pues, la idea más ansiolítica, la que mejor calma esas pulsiones.

    Está bien. Es humano. Es legítimo. Pero afrontémoslo. Dejemos de pretender que elegimos la mejor idea por razones objetivas.

    Demos por bueno el chemistry meeting en la selección de agencia. O el concurso restringido, en el que la parte humana, el olfateo mutuo entre los equipos del anunciante y la agencia, nos dé confianza a ambas partes.

    El concurso es una oportunidad única de enamorar, nuestro speed date. Y nadie se enamora con una regla de cálculo.

    Utopía

    Y tres. El proyecto de Cerdà era una utopía.

    Precisamente por ello, sobrevivió a los embates de la especulación inmobiliaria, al desprecio colectivo, a las mezquindades individuales. Justamente porque era una utopía, una gigantesca idea llena de ambición y carente de codicia, salió casi indemne del contacto con la realidad.

    No desdeñemos, pues, la utopía. Busquemos ideas que parezcan, que solo parezcan, imposibles. Son las únicas capaces de deslumbrar. Y también de resistir los escobazos que sin duda le sacudirán en el Tren de la Bruja: eso en lo que a veces se convierte el proceso de un concurso.

    Un contemporáneo de Cerdà, el mariscal alemán Molkte, decía que ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo.

    Es cierto. Sólo las grandes ideas lo consiguen.

    Una gran idea, como una gran señora, solo sale despeinada del Tren de la Bruja.

    photoconhache@anuncios.com

     Eixample ilustracion