Son mucho más que recuerdos. Son raíces, aquellas que jamás abate el viento…
Desde mis quince años viví obsesionado por Bill Bernbach. Me lo sabía todo de él: sus Volkswagen, sus calcetines Burlington, sus coches de alquiler Avis, su “demostrémosle al mundo que el buen gusto, el buen arte y la buena escritura pueden ser buenas ventas”. Y volaba con la extraordinaria brisa de Bob Gage, su inmenso director de arte.
Desde mis 15 convertí aquellos principios en mi obsesión.
A mis 22 --estamos en los sesenta--, Víctor Sagi, el mayor grupo de comunicación comercial de Cataluña, me propuso dejar Visión, la agencia en la que había empezado como mensajero, y me contrató para rehacer una de sus empresas, su maltrecha agencia Consejeros de Publicidad.
Aquello me redobló la obsesión.
Una estaba en Madison Avenue. La otra, en la Diagonal de Barcelona, en una agencia llamada Carvis, con su director creativo, Marçal Moliné.
Me excitaban sus Fruco es fruta fresca, sus Por poco pie que nos dé le pondremos Punto Blanco, sus Mamá, me están besando, de Meyba.
Cada mañana, cuando circulaba con mi coche por delante de su agencia, frenaba, alzaba mi vista hasta la sexta planta de su oficina y pensaba… “algún día lo haremos juntos”.
Y lo hicimos.
En cinco años, desde la calle Tuset (¿os suena Tuset Street?), Consejeros de Publicidad se convirtió en “el otro”. En el gran competidor, a neurona partida, de Carvis.
Y un mediodía de junio de 1971, llamé a Marçal y le dije… “¿me invitas a comer en tu casa?”.
Después, pasó todo lo que pasó…
Escrito el 20 de enero de 2026, en un anochecer de profunda tristeza.






