Yo es que lo pierdo todo. Mi superpoder consiste en una inigualable capacidad para perder cualquier tipo de objeto, documento o amistad que me vaya a venir bien en un futuro a corto/medio/largo plazo. Así que, cuando me he puesto a buscar la primera columna que escribí para esta santa casa tenía muy poquita fe —si no han visto la serie, dejen inmediatamente de leer esta columna y pónganse a ello— en encontrarla. Y así ha sido.
¿En qué trasvase de backups en oscuros discos duros se habrá quedado esta reliquia de la publicidad española? Esperaba encontrarme un word incorrupto de hace veinte años con una sarta de tonterías enlazadas, para así poder fijar con precisión la fecha de mi relación columnística con Anuncios. Pero no ha sido así, por lo que habrá que tirar de memoria: recuerdo que mi admirado Manuel de Luque se puso en contacto conmigo para proponerme el tema columna cuando yo trabajaba en El Laboratorio. Circa 2007-2008.
Hace casi veinte años. Desde entonces, nos han pasado/me han pasado muchísimas cosas en este acelerado mundo de la propaganda en el que vivimos. Me hubiera encantado tirar de tópico y escribir que en este tiempo “se me ha caído el pelo”, pero no va a poder ser: ya era calvo en las fechas del primer encargo. Por lo demás, me ha pasado de todo, como a todos: campañones espectaculares y socios deleznables. Ideas maravillosas que acaban sumergidas en lo más profundo del limbo de los powerpoints. Estar rodeado de gente talentosísima. Currar más solo que la una. Dirigir equipos de ochenta personas. Fracasos épicos. Éxtasis rápidamente olvidados. Cientos de folletos escritos. Y también seis libros (aprovecho para meter cuña y les dejo las navidades resueltas: esta semana sale a la venta la Guía poco práctica del fútbol español).
Me ha ido bien, mal, regular y mediopensionista. Pero siempre con una constante: en cualquier sarao profesional de los que tiendo a huir en contra de las reglas imperantes del networking intensivo, acaba uno encontrándose con gente a la que aprecia y, tras el abrazo y el “¿cómo estás?” de rigor, se sucede el siguiente comentario: “oye, te leo en el Anuncios”. Es decir que, entre otras muchísimas cosas, la columna del Anuncios es mi ancla a esta profesión de la que me alejo y me acerco cual yoyó gigante. Todo da bandazos, menos esto.
Solo por eso, todo habría merecido la pena. Pero hay algo más. Para mí, Anuncios significa libertad. No sé cuántas columnas habré entregado en estos años. Sí sé las correcciones/cambios que me han propuesto: cero. He escrito sobre lo que me ha dado la gana y cómo me ha dado la gana. La misterwonderfulización de las marcas. Sinaí Giménez, el Obama gallego. Un viaje en Ouigo. Canalcar y sus cuñas poco repetitivas. El lonismo. El digital prophet (en qué estrella estará…). Los Premios Inefi y los L de León. El hype linkedinero de la batalla bancaria vizcaíno-sabadellense. Todo, sin tocarme una coma. El lujo de que te supervisen sin supervisarte gente tan talentosa y educada como Manuel de Luque y la grandísima Maite Sáez, que cogió el relevo de la complicada interacción con un columnista que lo pierde todo, hasta las fechas de entrega.
Querido Anuncios: feliz cumple y ojalá otros 45 años juntos. Como Felipito Tacatún, yo sigo.
Antonio Pacheco, director creativo ejecutivo en Negro

