Construir una marca no consiste únicamente en ocupar un espacio en el lineal o ejecutar un plan de medios eficiente. La verdadera relevancia nace de la capacidad de generar un vínculo genuino y formar parte de los momentos más significativos en la vida de las personas. En España, Ferrero Rocher ha recorrido ese camino hasta lograr algo que solo el tiempo y la coherencia permiten: convertir nuestro nombre en un sinónimo de la Navidad.
¿Cómo se alcanza este nivel de arraigo? Para nosotros, la respuesta reside en la consistencia. No existen atajos para establecer relaciones duraderas. Desde las primeras ediciones de nuestras campañas, hemos buscado ir más allá de la visibilidad para crear experiencias que emocionen y conviertan a quienes nos eligen en cómplices de nuestra propia historia.
Iluminar desde la experiencia
Un ejemplo claro de esta filosofía es Juntos brillamos más. Fuimos pioneros en España al apostar por un formato que combina marketing experiencial, participación comunitaria y narrativa digital. El éxito de esta iniciativa no reside solo en el despliegue técnico de la iluminación, sino en su estructura: un proceso de votación pública que incentiva el compromiso y empodera al ciudadano.
Durante estos años, hemos aprendido que la implicación de la comunidad es el motor de la autenticidad. No somos nosotros quienes contamos la historia; son los vecinos, con su esfuerzo y su ilusión, quienes configuran la narrativa. Esta estrategia ha transformado lo que comenzó como un reto de comunicación en un proyecto de legado, demostrando que una marca puede aspirar a ser un agente activo en la creación de recuerdos colectivos.
El fenómeno Tejeda: cuando la marca se vuelve sentimiento
La fuerza de esta visión se refleja con nitidez en la edición de este año. El triunfo de Tejeda, en Gran Canaria, nos ha recordado que el marketing más potente es aquel que nace de la base. Hemos visto cómo una candidatura se transformaba en un proyecto lleno de alma, donde desde figuras del Carnaval hasta municipios vecinos se unían en una ola de solidaridad insular.
Para un profesional de la comunicación, no hay mayor satisfacción que ver cómo los escaparates de un pueblo se tiñen de dorado de forma espontánea. En ese momento, la marca deja de ser un logotipo para convertirse en un motivo de reunión y un símbolo de orgullo compartido. Es ahí donde trascendemos lo material para generar conexiones desde lo emocional.
Claves para una conexión real
La trayectoria de Ferrero Rocher nos deja aprendizajes valiosos para la industria. Lograr una conexión real requiere consistencia, coherencia, aportación social y, sobre todo, la generosidad de saber cuándo dar un paso atrás para que sea la historia de las personas la que realmente brille. Una marca líder debe actuar como catalizador, no como protagonista absoluta.
El mayor aprendizaje es que construir una love brand es un ejercicio de empatía y constancia. Se trata de comprender qué emociona al consumidor y acompañarlo en su propio relato. Nuestra estrategia no se mide solo en impacto publicitario; se mide en la sonrisa de quienes nos eligen y en la ilusión que perdura año tras año.
Más allá de la narrativa, construir una love brand es una decisión estratégica. Esa 'rentabilidad emocional' es la que convierte la preferencia en lealtad. Pero este vínculo solo se sostiene cuando la marca trasciende lo comercial para generar un impacto positivo real en su entorno. Para el sector, el desafío final no es solo ocupar la mente del consumidor, sino conquistar la relevancia cultural y el legado. Cuando una marca se convierte en un agente de valor para la comunidad, el éxito deja de ser una métrica estacional para convertirse en un activo de negocio sólido y perdurable.

