¿Por qué será? ¿Resulta que, a mi vejez, me he convertido en un hombre de ideales que ansía cambiar el mundo a través de su humilde contribución en forma de textos publicitarios? Ya les digo yo que no. ¿Será que los esfuerzos de comunicación son realmente medibles (candidato electo/no electo, tanto porcentaje de voto, tantos diputados) y el éxito de la campaña no se mide por KPIs imaginarios que completan dashboards absurdos? Esto sí que reconozco que me gusta, pero no es decisivo. ¿Es el miedo al fallo? ¿El hecho de que te esté mirando todo el mundo con las escopetas cargadas para dispararte en cuantito que cometas el más mínimo error? No, por aquí no va el asunto.
Dice mi amigo Pablo Alzugaray, y tiene mucha razón, que estas campañas son como la Fórmula 1. Que tú te pones a cambiar la rueda de tu flamante Skoda Octavia y tardas media hora, pero que cuando le toca hacerlo a Alonso en su Aston Martin, el tema anda por los dos segundos y medio. Y es verdad. Ideas que normalmente se producen en cuestión de semanas, pues aquí tienes una tarde. De manera muy especial en las últimas elecciones en las que hemos currado juntos, que solo duraron quince días.
Entonces, ¿es la velocidad? ¿Es la adrenalina? Sí, pero no. La velocidad mola tanto como agota. Las urgencias son de otro nivel y el día a día es algo que, simplemente, no existe. Salir con éxito de estas encrucijadas que te asaltan a cada paso te hace sentirte bien contigo mismo, pero tu vida electoral implica estar conectado a un whatsapp cada minuto que estás despierto. Y, personalmente, en estas situaciones de estrés tiendo a la sobre ingestión de palmeras de chocolate, lo que no hace ningún favor a mi antiozempicosa figura.
¡Ojo!, bien mirado, quizá la clave sea la hiperpermisividad que me permito en estos procesos en cuanto a la alimentación a base de bollería industrial (aprovecho para recomendarles unas galletas de barquillo rellenas de chocolate negro de Fontaneda. Gratísimas.)
Todos los argumentos anteriormente expuestos colaboran, sin duda, en mi gusto adquirido por las campañas electorales. Pero lo que verdad desequilibra la balanza es el porcentaje. La ratio entre ideas que se tienen/ideas que se llevan a cabo es espectacular. Y eso, qué les voy a contar, es maravilloso. No hay un tercer comité que ha desaprobado lo que había aprobado el segundo comité tras unos (siempre pequeños) ajustes a la propuesta que había aprobado el primer comité. No hay un “estoy pensando en sacar esta campaña a concurso”. No hay un pretest, ni falta que hace. Por supuesto. No hay procesos de producción insufribles en los que sabes que, cada semana que pase, el producto será mucho peor.
Tienes la idea. Gusta o no gusta. Se puede hacer (pasta, tiempo…) o no se puede hacer. Se hace o no se hace. Todo inmediatamente, no hay tiempo para andar mareando la perdiz. ¡Qué maravilla, oigan! Y qué oasis en estos tiempos en los que se considera un éxito ser finalista en un concurso en el que te pagan (si acaso) una minucia, y que tenían mucha prisa en que les presentaras, pero ya han pasado dos meses. Además, ese grado de finalista normalmente lleva aparejado el concepto retrabajo, del que no voy a hablar aquí porque me da para dos o tres columnas.
Y lo mejor de todo es que, como en la Fórmula 1, para intentar ganar en este tipo de carreras tienes que correr con un equipo de gente que sean los absolutos mejores en lo suyo. Y no hay nada mejor que currar mucho estando rodeado de mucho talento.
Antonio Pacheco
Fundador de Tunegro

