
Ainhoa Oyarbide, directora de marketing, marca y comunicación de Eroski
El verano, para mí, empieza con playa y mar. Con ese primer baño en el Cantábrico que te despierta el cuerpo y te pone en ‘modo vida’. Con las palas regresando a la arena, los pantalones cortos y las cenas al aire libre que se alargan porque nadie quiere irse todavía.
Empieza con un cucurucho de nata en la mano, con el mejor tomate abierto sin ceremonia, con unas sardinas en el puerto o un bonito en mesa larga. Con Portugalete y Bilbao en fiesta, la calle latiendo y la energía y alegría compartida.
Con rutas que no son solo caminos. El Faro del Caballo, la costa, el horizonte. Pequeñas invitaciones a seguir explorando. Me gusta porque todo se ilumina, pero sobre todo porque todo se abre de par en par. Hay tiempo, sí. Pero, sobre todo, hay espacio.
Para leer sin prisa y subrayar ideas que se quedan contigo. Para dejar que una conversación cambie el plan. Para aburrirse lo justo y descubrir algo nuevo. Volver a mí. Y desde ahí, avanzar.
Si tuviera que resumirlo en una imagen, sería sencilla: arena bajo los pies, piel salada, el mar delante y la sensación de que todavía queda mucho por descubrir.
Quizá por eso el verano siempre me parece una de las mejores versiones de la vida. Porque no solo ensancha los días. Ensancha la vida.
Elena Gris , directora de marketing de Hyundai
Mi verano ideal: donde el tiempo deja de medirse y empieza a sentirse. Durante gran parte del año vivimos conectados. Al trabajo, a los equipos, a los proyectos, a las pantallas, a las noticias... y, sobre todo, a la urgencia. Por eso, cuando llega el verano mi propósito no es hacer más cosas, sino hacer menos.
Con el tiempo he descubierto que desconectar no significa desaparecer ni apagar el móvil. Desconectar es algo mucho más profundo: es recuperar la capacidad de estar presente. Mi verano ideal tiene poco de agendas y mucho de horizontes. Tiene mar, conversaciones que no miran el reloj, desayunos sin prisa, lecturas pendientes y tiempo con quienes más quiero. El mar, en especial, ocupa un lugar único, mirarlo ordena las ideas y recuerda que no todo necesita una respuesta inmediata. Este año nos volvemos a embarcar con familia y amigos
También recupero placeres pequeños pero esenciales: caminar sin rumbo, leer durante horas, largos desayunos y largas sobremesas, dormir, tomar el sol, ver una puesta de sol sin pensar en fotografiarla.
Sobre todo, el verano es reconexión: con mi familia, mis hijos, mis amigos. Y curiosamente es cuando más desconecto cuando aparecen las mejores ideas… La creatividad necesita espacio. Porque no se vuelve igual de un verano bien vivido.
Pablo Olivares, director de marketing de El Pozo
Mis vacaciones soñadas tienen cuatro ingredientes: familia, tiempo, curiosidad e improvisación. La familia, porque es el espacio donde realmente recargo energía; el tiempo, porque vivimos rodeados de agendas y notificaciones; la curiosidad, porque descubrir lugares, culturas y formas de vivir diferentes siempre abre la mente; y la improvisación, porque las mejores experiencias rara vez estaban planificadas.
Consigo desconectar cuando cambio la velocidad por la presencia. Cuando las conversaciones no tienen prisa, las comidas se alargan y el móvil deja de ser el protagonista. Disfruto especialmente compartiendo experiencias con mi familia, viendo el mundo a través de sus ojos y creando recuerdos que permanecen mucho más tiempo que cualquier fotografía.
Curiosamente, cuanto más desconecto del trabajo, más aprendizaje encuentro. Una conversación inesperada, una tradición local o una forma distinta de entender la vida pueden convertirse en una fuente de inspiración. Creo que las mejores ideas no siempre nacen en una sala de reuniones; muchas veces aparecen alrededor de una mesa con la familia, recorriendo un lugar nuevo o simplemente observando con calma.
Al final, unas vacaciones perfectas son aquellas en las que vuelves con menos estrés, más recuerdos compartidos y una mirada renovada. Porque descansar está bien, pero regresar siendo una mejor versión de uno mismo es todavía mejor.
Ona Torrens, ejecutiva de cuentas en Fuego Camina Conmigo
Para mí, unas vacaciones soñadas empiezan lejos del ruido. En un lugar tropical, cerca del mar, donde el tiempo deja de correr tan deprisa y todo invita a bajar revoluciones. El océano como hilo conductor: surfear al amanecer, bucear sin prisa o simplemente quedarse mirando el agua como si no hiciera falta nada más.
No me interesa tanto tener un plan cerrado como dejar espacio a lo que no estaba previsto. Viajar sin guion, con margen para improvisar, descubrir sitios que no salían en el mapa y dejar que el viaje te vaya llevando un poco a su manera.
También están las personas. Compartir con los míos, sí, pero también cruzarte con gente nueva, con historias distintas, con conversaciones que no buscas, pero se quedan contigo. Y comer bien, sin reloj, sin prisa, como parte del propio viaje.
Son vacaciones que no van de hacer más, sino a fluir mejor. De sol, de mar, de días largos y de esa sensación de que el tiempo, por fin, se estira. Y si vuelvo con arena en la maleta y alguna historia que no estaba prevista, entonces sí: han sido las vacaciones perfectas.
Este contenido se ha publicado en el número 1750 de 'Anuncios'





