
Mayte Ojea, ‘communications director’ en AMC Global Media
Para mí, unas vacaciones soñadas no tienen nada que ver con destinos exóticos ni experiencias extravagantes; lo esencial es poder compartir tiempo de calidad con mis hijos que viven fuera y a los que no veo tanto como quisiera.
Necesito aburrirme, dejar espacio para que la mente vague sin rumbo, porque en la rutina diaria vamos demasiado deprisa y se pierde la capacidad de resetearse. Intento elegir destinos poco saturados, algo que cada vez es más difícil. Een mi imaginario aparecen inevitablemente Portugal o Galicia con lugares como San Vicente do Mar, La Toja o La Lanzada, que forman parte de esa idea de descanso sencillo.
La parte más complicada y necesaria es la desconexión digital, que es imprescindible pero no siempre es fácil para las personas que nos dedicamos a la comunicación.
Me imagino rodeada de mi familia y amigos, sin prisas ni obligaciones, en la playa, con un buen libro entre manos y disfrutando también de una buena gastronomía: comidas largas y conversaciones alrededor de la mesa. Pero si tuviera que elegir un momento verdaderamente especial de las vacaciones, sería esa hora incierta después de la comida general, cuando todo el mundo duerme la siesta, los niños y las familias se han ido a comer y la playa se queda casi vacía, aprovechar esa soledad, caminar por la orilla y sentir que el tiempo se suspende un poco es, para mí, de lo mejor de las vacaciones.
Mayte Santillana, directora de marketing de Prensa Ibérica
Para mí, la desconexión cada vez es más complicada, al menos los primeros días, y mira que lo intento, pero la cabeza no atiende a razones, quizás son los años que ya empiezan a pesar.
Es fundamental reducir mi dependencia tecnológica, el ordenador no puede viajar conmigo y tampoco el móvil del trabajo (esto no lo he conseguido nunca, para qué os voy a engañar).
Mis vacaciones “soñadas” deben contar con nuevos lugares, distintas culturas, donde la naturaleza y las actividades deportivas estén muy presentes; un poco de aventura, en definitiva, poder descubrir y vivir experiencias muy diferentes al día a día del resto del año. Para mí, el descanso y la desconexión van asociados a actividad, pero sin prisas, sin horarios establecidos, pudiendo disponer y disfrutar del tiempo como decidas en función del momento y el lugar, adaptándote y siendo flexible a lo que te pida el cuerpo en cada momento. Es verdad que cada vez necesito que los periodos de tiempo de vacaciones sean más largos, antes con una semana podía venir con las pilas cargadas, ahora eso no es suficiente…
Para mí, la combinación perfecta es, además, poder incluir un cierre con unos días frente al mar, en mi paraíso particular, que no pienso deciros cual es; hay cosas que es mejor no compartir porque dejarían de ser paraísos…
Jacobo Menéndez, director de comunicación global y marca en Ábside Media
Para mí, unas vacaciones soñadas empiezan viajando, y cuanto más lejos, mejor. Cambiar de paisaje, de idioma, de horarios... Salir del mapa de siempre, de la rutina. Y compartirlo con familia y amigos, con calma, porque los sitios se disfrutan el triple cuando hay con quién recordarlos después. A partir de ahí, mi receta es sencilla. Un par de libros que llevo arrastrando todo el año y una agenda con planes sueltos pero mucho hueco para la improvisación, porque los mejores recuerdos casi nunca estaban planeados.
¿Qué necesito para desconectar de verdad? Confieso que lo primero no tiene tanto que ver con el destino como con la oficina. Desconectar no es huir del trabajo, es confiar lo suficiente en lo que dejas atrás como para no mirar el móvil. Cuando tienes un equipo en el que confías sabes que las cosas quedan en buenas manos, el modo avión deja de dar vértigo y empieza a dar gusto. Algún sitio con mala cobertura tampoco viene mal.
Javier Andrés, director de marketing de Atresmedia Publicidad
Mis vacaciones soñadas (y vividas año tras año) tienen algo de viaje en el tiempo. Están en un pequeño pueblo de Soria donde, durante al menos un par de semanas, parece que el siglo XXI baja el volumen. Allí vuelvo a compartir días con amigos (y primos, muchos primos) de toda la vida, en una mezcla perfecta de calma, largas horas de lectura y cierta actividad social nocturna que conviene no documentar demasiado. Digamos que, si existiera material gráfico de algunos momentos, preferiría que permaneciera oculto para siempre. Sí, he bailado El tractor amarillo. También pasodobles. Mis hijos conocen a Extremoduro y Rosendo por los bises de las orquestas. Y hacer botellón con tus hijos tiene un punto bastante divertido.
Los pueblos tienen sus propias reglas: se come mucho, se bebe más de la cuenta y el tiempo avanza a otra velocidad. Son un gran recordatorio de que la felicidad suele ser menos sofisticada de lo que nos empeñamos en creer.
Para compensar y evitar regresar con la boina demasiado ajustada al cráneo, intento escaparme también a alguna ciudad europea con historia, buen clima y calles en las que perderse. Este año, Cracovia y Tallin figuran entre las candidatas.
Y hay una última confesión veraniega: trabajo en televisión, me apasiona la televisión, pero en verano apenas la veo. Incluso las mejores historias necesitan, de vez en cuando, un pequeño descanso.
Este contenido se ha publicado en el número 1750 de 'Anuncios'





