Madrid, 24 de noviembre de 2045. Esta mañana he hablado con Lucía, mi nieta de 17 años que vive en Estados Unidos. Yo, a mis 79, sigo estupenda, sin dolores y con casi las mismas arrugas que hace veinte años gracias a varias modificaciones que me hice hace un tiempo en mi ADN. Nos conectamos con las gafas de realidad virtual; la sensación es tan real que casi puedo oler el aire de su habitación. Me cuenta que ha ganado una competición de pensamiento humano —algo que en su época empieza a ser exótico—. En su colegio compiten por pensar sin ayuda de las máquinas. Lo llaman think free.
Mientras la escucho, me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado el mundo. Lucía tiene un robot doméstico, Dorothy, con el que convive desde niña. Habla con ella como yo hablaba con mis amigas. Dorothy tiene sensores, memoria y una voz cálida. Sabe interpretar emociones que incluso Lucía no reconoce en sí misma. Suena increíble, pero a mí ya no me sorprende: la inteligencia artificial emocional, o IAE, se ha convertido en parte esencial de la vida cotidiana.
Esto fue llegando poco a poco. Lucía de pequeña iba al psicólogo para mejorar su relación con Dorothy. Ahora tiene terapeuta online, y a veces también consulta a Emoada, una IA especializada en apoyo emocional. Escuchándola, pienso en aquella frase de Geoffrey Hinton: “En el futuro, el humanismo será considerado racismo”. No sé si tenía razón, pero es cierto que los límites entre lo humano y lo sintético ya no son nítidos. Y, sin embargo, hay algo que no cambia: la necesidad de ser comprendidos.
Su colegio también es distinto. Cada alumno tiene una IA que actúa como tutor personal. Aprenden mediante retos, guiados por profesores que acompañan más que instruyen. Una de sus asignaturas favoritas se llama Sabiduría Colectiva, donde aprenden a pensar juntos, a cuidar del futuro y a decidir en comunidad. Me emociona pensar que han conseguido priorizar cómo convivir con las máquinas sin dejar de ser humanos.
Lucía se ríe cuando le digo que le he preparado un ejercicio en Excel. Lo considera arqueología digital. Para ella, programar fórmulas manualmente es casi un juego retro. Me hace gracia pensar que mi ‘antigüedad’ es su curiosidad. Cada época tiene su ternura.
En unos meses cumplirá 18 y se implantará su primer Velocity, un chip cerebral que acelera el aprendizaje hasta diez veces. Con él podrá licenciarse en un año. Le parece lo más natural del mundo. A mí me resulta vertiginoso, pero comprendo que para ellos la biotecnología no es invasión: es evolución. Han aceptado que mejorar el cerebro humano es la única manera de no quedar atrás frente a las IAs.
También me habla de la Agencia Internacional de Supervisión de Inteligencia Artificial, un organismo que vela por el uso ético y transparente de los sistemas más avanzados. Los deepfakes son fáciles de detectar y duramente castigados. Por fin, la regulación parece haber alcanzado a la tecnología, aunque sea parcialmente.
Lucía tiene incluso un biosensor acoplado al cuerpo que ajusta su alimentación según su estado emocional y sus niveles biológicos. Me lo enseña riéndose: “Abuela, mi menú cambia si estoy triste”. Su asistente de IA nutricional le prepara comidas que la reconfortan sin que ella tenga que pedirlo. Y yo pienso que el futuro, al final, no va solo de máquinas que piensan, sino de máquinas que cuidan.
Al despedirnos, me cuenta que está planeando un viaje a la Luna con un amigo. Lo dice con la misma naturalidad con la que yo hablaba de ir a la playa. Las visitas lunares ya son posibles para estudiantes; hay bases permanentes y los costes se han reducido. Me sonrío. Es el mundo que soñamos y temimos a partes iguales.
Cuando cuelgo la llamada, me quedo un rato en silencio. Miro alrededor: la tecnología está en todas partes, pero también lo está la vida. Hemos aprendido a convivir con inteligencias no humanas sin perder del todo la nuestra. Las máquinas razonan, sienten a su modo, se comunican, pero siguen sin tener algo que nosotros sí: el misterio de la conciencia, el temblor de una emoción, la imperfección que nos hace únicos.
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Macarena Estévez, fundadora de Cirentis

