• Opinión

    ¡Mecagüen la publicidad!; por Óscar Pla

    Llevo más de treinta años haciendo publicidad. He firmado, creo, bastante buena publicidad. Y también no he firmado mucha de mala que he hecho. Como casi todo quisqui. Pero la amo. Aunque no a toda. Hay un...

      • Autor
      • Editorial de Anuncios
    • 11 junio 2014
  • Llevo más de treinta años haciendo publicidad. He firmado, creo, bastante buena publicidad. Y también no he firmado mucha de mala que he hecho. Como casi todo quisqui.

    Pero la amo.

    Aunque no a toda. Hay un cierto tipo de publicidad al que no soporto. Como publicitario, y como consumidor.

    Porque de la misma manera que la quiero, también me cago, cada día de mi vida, en el 90% de la publicidad que veo… en internet.

    Y creo no ser la única persona que así piensa. Ni tan solo el único publicitario. Ni mucho menos, por extraño que parezca.

    Durante muchísimo tiempo, y viendo a todo tipo de gente navegando por internet, he observado que, delante del típico banner que solo está pensado para entorpecer la lectura de cualquier página web (la de un periódico, pon por caso), la reacción del internauta es furibunda. De una manera visceral, casi animal, el usuario busca desesperadamente la manera de neutralizar esta inoportuna, molesta, agresiva, invasiva, intrusiva e impresentable pieza publicitaria. Al no poder hacerlo, su rabia –humanamente infinita– solo tiene una salida: odiar para siempre jamás a la marca que ha osado ponerse, sin permiso alguno, entre el periódico y él mismo. Es como si cuando alguien estuviera leyendo tranquilamente su periódico en papel, a media lectura un imbécil le apartara violentamente el diario de sus manos, y le intentara vender cualquier cosa. El efecto es exactamente el mismo, pero en versión 2.0

    Evidentemente, lo mismo pasa con los tan irritantes spots que te obligan a ver antes de visionar cualquier video. Antes, ponían aquel mensaje de «Saltar publicidad» a los 4 ó 5 segundos del spot. Ahora, los muy insensatos, ponen este tipo de mensaje a los 2 ó 3 segundos… ¡de finalizar el spot!. Una auténtica burla y un auténtico insulto al pobre consumidor que ha intentado desesperadamente, de principio a final, encontrar la manera de no tener que ver el maldito spot. Y que ha soltado todo tipo de insultos e improperios hacia la marca que anunciaba. Y que, para quedarse más tranquilo, ha jurado boicot eterno a esta marca.

    Exactamente, esto mismo sucede con el molesto e-mailing y, sobre todo, con el insufrible –y denunciable– marketing telefónico.

    Hasta aquí mis sensaciones como consumidor.

    Como publicitario, tengo alguna otra que quisiera compartir contigo.

    Me da una enorme pena ver tanto dinero de anunciante tirado a la basura, de la manera más lamentable. Justo en una época en que los presupuestos publicitarios de casi todos los anunciantes son tan tristemente menguantes, me subleva y me sulfura ver cómo del poco dinero que tienen, una parte muy substancial la desperdician pagando unos medios que, en el 95% de los casos, no hacen más que generar odio y rechazo hacia su producto y su marca por parte del consumidor.

    Me da rabia imaginarme a profesionales de la publicidad aconsejar a sus clientes que inviertan en medios que no funcionan. Y no es que internet y publicidad sean dos conceptos incompatibles. Ni mucho menos. Lo que es totalmente inútil en internet (además de contraproducente), son básicamente dos cosas:

    1. Adaptar la publicidad convencional (que, encima, acostumbra a ser bastante mala y/o mediocre) en internet. La predisposición para recibir mensajes publicitarios no tiene nada que ver cuando un consumidor está viendo la televisión, o leyendo una revista, o paseando por la calle, o escuchando la radio, que cuando este mismo consumidor está delante de un ordenador, una tablet o un smartphone. El lenguaje publicitario que funciona en internet quizás no esté, todavía, inventado. A pesar de alguna honrosa excepción que ahora mismo quisieras recordarme para rebatir mi teoría. ¿Verdad?

    2. Ser maleducado con tu consumidor. Maltratarle. Invadirle su espacio vital sin pedirle permiso. Molestarle. Joderle la vida, aunque sea de maneras aparentemente ocurrentes, creativas, originales e imaginativas. Aunque en algún festival de publicidad alguien haya premiado esta manera «nueva y divertida» de joder la vida al consumidor. Joder es joder, y punto. Y a nadie le gusta que se lo hagan. ¿Cómo es posible que a un profesional se le ocurra ser maleducado y maltratar a quien, en definitiva, le da de comer?

    Increíblemente, se le ocurre a muchísima gente. Y en algunos casos, muy bien pagados.