• Opinión

    Riesgo

    Carlos Holemans / Ilustración; Jordi Carreras Debe de haber cientos de libros que hablan del riesgo de montar una empresa. Y sin embargo, no conozco ninguno que hable del riesgo de no montarla. Para mí, la...

      • Autor
      • Editorial de Anuncios
    • 26 octubre 2011
  • Carlos Holemans / Ilustración; Jordi Carreras

    Debe de haber cientos de libros que hablan del riesgo de montar una empresa. Y sin embargo, no conozco ninguno que hable del riesgo de no montarla.

    Para mí, la lista de esos riesgos es lo suficientemente larga como para haber dado ese paso dos veces en mi vida.

    El más imponente es el riesgo de sentir un día que, por mucho que te esfuerces, no puedes transformar lo que te rodea.

    El riesgo de que sólo te quede la queja junto a la máquina del café, como única reacción ante lo que no te gusta.

    Creo firmemente en el principio actúa u olvida. Si puedes hacer algo, hazlo. Si no puedes, no le dediques un minuto más. Me parece angustiosa la impotencia de no poder aplicarlo.

    Hay riesgos obvios. Como el de tener un jefe vago, inepto, despreocupado o cansado de lo que hace, a quien sólo incumbe conservar su silla. Pero ése es un riesgo menor, fácil de detectar y evitar.

    Hay riesgos más sutiles, de efectos más corrosivos y letales.

    Es el riesgo de pasarnos la vida hablando de nosotros mismos, de la agencia. Es esa endogamia que carcome a las grandes corporaciones, más excitadas por comentar la última ocurrencia de quién sabe qué súper ejecutivo de Londres o New York, que por la situación de su cliente de Majadahonda o Martorell.

    El riesgo de que tu presidente, obsesionado con dejar alguna huella en el mercado, decida contratar a un crack de algún exótico rincón del mundo cuya única preocupación sea proyectar su carrera aún más lejos y, por encima de todo, no regresar jamás al exótico lugar del que proviene.

    El riesgo de tener como director creativo a alguien que crea que sus equipos trabajan para hacerle brillar a él y no al revés. Alguien que ignore que su responsabilidad es hacer crecer al equipo y conseguir, gracias a su talento, experiencia y poder, que las ideas buenas, sean o no suyas, salgan adelante.

    El riesgo de verse obligado a aplicar un ideario o una metodología dogmática que el fundador de la agencia, en otro tiempo y en otro lugar, tuvo el acierto de grabar en piedra antes de retirarse a jugar al golf en Florida.

    El riesgo de perder un cliente por e-mail sin haberlo merecido.

    El riesgo de ganar un cliente por e-mail sin haberlo merecido. Y tener así al otro lado de la mesa a alguien que no ha elegido trabajar contigo, sino que tiene que soportarte, aciertes o no, con ganas o sin ellas.

    El riesgo, idéntico al que hemos descubierto ahora todos los ciudadanos, de pagar por la mala gestión de alguien a quien ni siquiera conoces.

    Me refiero al riesgo de perder tu trabajo porque alguien en algún lugar del mundo calculó mal. Y compró demasiados pasajes en primera para asistir a demasiadas cumbres creativas en demasiados hoteles de cinco estrellas.

    O porque gastó demasiados miles en inscripciones en los festivales para obtener un crédito creativo tan fugaz como ficticio.

    No, gracias. El riesgo de no emprender tu propio proyecto me parece demasiado elevado.

    Desde luego, el riesgo de hacerlo tampoco es pequeño. Si las cosas te van mal puedes perder tu trabajo y algún dinero. Pero, ¿qué te garantiza que eso no va a ocurrirte en un puesto de trabajo normal?

     Sin engaño

    Mi riesgo fundamental es que mis clientes no me quieran o que mis equipos no me respeten. Pero son ellos los que han elegido trabajar con nosotros. Así que, si no les hemos engañado, si nos les contamos que somos quienes no somos, el riesgo es pequeño.

    No soy un inconsciente. Tengo casi 50 años y monté mi primera agencia con 29. No fue bien y vendí mi casa para pagar deudas. Conozco con exactitud la diferencia entre que las cosas vayan bien o que vayan mal.

    Pero sigo creyendo que no hay acto creativo más formidable que crear una organización capaz de inventar ideas útiles, de anidar y hacer volar el talento, de producir belleza y riqueza al mismo tiempo, de deslumbrar con la inteligencia.

    Una de las buenas noticias de esta crisis es que ya casi no quedan codiciosos en la publicidad.

    La codicia se fue hace tiempo a trabajar a una inmobiliaria, y más recientemente aceptó una oferta de un hedge fund.

    Aquí sólo queda una prima muy, muy lejana de la codicia: la ambición.

    La ambición esencial, pura y desnuda de practicar tu oficio con honestidad y de hacer las cosas bien. Ignorando la tentación de culpar a nadie si un día te salen mal.

    ¿Perderme todo esto? Ni hablar. Demasiado arriesgado.

     photoconhache@anuncios.com

     

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