
Pablo Mendoza, director creativo de Darwin & Verne
Mis vacaciones soñadas empiezan cuando el móvil pierde cobertura y la gano yo. La cobertura mental, digo. Esa que desaparece entre notificaciones, mails y reuniones y empieza a recibir otro tipo de señales y estímulos más naturales.
Llevo toda la vida subiendo montañas, quizás porque arriba todo se ve distinto: el paisaje, las prioridades y hasta los problemas, que desde cierta altura parecen bastante menos importantes. Cuanto más asciendes, más bajan las preocupaciones. A 5.000 metros, los correos pesan menos, los deadlines se quedan sin oxígeno y el estrés… ¿qué es eso?
Llegar a la cima te pone en perspectiva, pero es fundamental tener la perspectiva de alguien más. Caminar con alguien (entre sudor, sed, descubrimientos, risas…) convierte el cansancio en anécdota y la ruta en un recuerdo compartido. Y, quizás, ahí está el verdadero superpoder de la naturaleza: no solo te aleja del ruido, te acerca a lo importante. Te conecta con el entorno y con quien camina a tu lado, te cambia el ritmo, te limpia la cabeza y deja espacio para que aparezcan ideas que abajo no encontraban sendero. A veces, para desconectar de verdad, no hay que parar. Hay que, simplemente, echarse a andar.
Arturo López, director creativo ejecutivo de Publicis
Vayas donde vayas, ve en dirección contraria. Para mí, las mejores vacaciones es ir contracorriente. Todo el mundo dice que se va de vacaciones para desconectar. Yo creo que no es verdad. O, al menos, no del todo. Porque desconectar no consiste en apagar el móvil, ignorar los correos, el teams o dejar de mirar las redes sociales. Eso es relativamente fácil. Lo difícil es volver a conectar contigo mismo. Durante el año vivimos conectados a todo: al trabajo, a la actualidad, a los grupos de WhatsApp, a las opiniones de desconocidos y, si coincide con un Mundial, también a alineaciones, debates arbitrales y análisis tácticos de gente que cree que por hablar más alto tiene más razón.
Por eso mis vacaciones soñadas empiezan cuando desaparece el ruido. Cuando dejo de mirar una pantalla y empiezo a mirar por una ventana. Cuando vuelvo a leer un libro durante horas sin esa angustiosa sensación de que debería estar haciendo otra cosa.
Viajar ayuda, claro. Cambiar de paisaje siempre es una buena excusa para cambiar de perspectiva. Pero el verdadero viaje ocurre por dentro. Porque desconectar, en realidad, consiste en volver a conectar. Y mientras todos van, tu vuelves. A ti.
Jordi Urgell, director creativo en PS21 Barna
No quisiera daros la brasa con mis vacaciones. Pero lo de desconectar nunca se me ha dado bien. Tomo cierta distancia, pero jamás logré romper el hilo. Da igual si estoy jugando un apasionante campeonato de petanca en la Selva de Mar, o si enciendo el horno de barro a las ocho de la mañana en el Valle de Uco —bajo la cordillera de los Andes y en pleno invierno austral— para, ahora sí, dar la brasa y cocinar todo el día para Don Roberto y su familia (la mía). No sé desconectar. No es lo mío. Reivindico el derecho a no desconectar. ¿Y si desconectar es solo una trampa romántica? No lo hagamos. ¡No desconectemos! Simplemente, cambiemos de equipo.
Estas vacaciones pasaré un brief a mis hijos y les compraré la primera idea que les pase por la cabeza. Las reus serán con mis hermanos y las idas y venidas, con el mar. Que las vueltas de más sean por el pueblo, que cualquier spot me parezca de premio y que, si hay un pitch, le siga un putt. Que las redes sean para pescar y la talkability, con un buen vino. Y que mande Agustina en vez de Agustín. Vamos, que venga un buen verano, que me pillará conectado y haciendo fuego. Disculpad la brasa. En septiembre, más madera.
Marta Menéndez, directora de marketing de cervezas La Sagra
Mi verano ideal siempre vuelve a las Rías Baixas. Tradición familiar, hoy compartida con la mía. Día de playa en San Vicente do Mar, música en directo en el Náutico y una cena de producto gallego en El Pirata… Y siempre con una cerveza La Sagra bien fría.
Fernando Albarrán, director de marketing de Starbucks Iberia
Para mí, unas vacaciones soñadas son aquellas en las que el tiempo deja de medirse por la agenda y empieza a medirse por momentos. No necesito grandes planes ni destinos especialmente sofisticados; cada vez valoro más poder estar con mi familia, compartir tiempo de calidad y disfrutar de las pequeñas cosas sin prisas. Desconecto cuando puedo bajar el ritmo: desayunar tranquilos, caminar sin un objetivo concreto, leer, jugar con mis hijos, comer bien, disfrutar de una buena conversación o simplemente mirar el mar sin estar pendiente del móvil. Creo que la verdadera desconexión tiene mucho que ver con recuperar la atención sobre lo cotidiano, algo que durante el año a veces cuesta por la velocidad del trabajo y las responsabilidades del día a día. Para que unas vacaciones funcionen de verdad, necesito sencillez: pocas obligaciones, mucha flexibilidad y espacio para improvisar. También ayuda estar en un entorno que invite a parar, ya sea cerca del mar, en un pueblo o en cualquier lugar donde el ritmo sea más humano. En definitiva, mis vacaciones soñadas son las que me permiten reconectar con lo importante: mi familia, el descanso, la calma y la sensación de estar plenamente presente.
Este contenido se ha publicado en el número 1750 de 'Anuncios'





