Trabajar para una institución pública no es, ni por asomo, lo mismo que hacerlo para una marca de gran consumo. Cuando se trabaja para un cliente como el Ministerio de Igualdad ya no se trata de vender, sino de intervenir e incentivar la conversación social. Un proceso en el que la creatividad se vuelve más incómoda y se encuentra más expuesta, pero también donde, sin duda, es más relevante.
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