Next Marketing

El plan de marketing. Flores que anuncian los frutos

Vigesimoprimer capítulo de Next Marketing, un proyecto del profesor y consultor independiente de marketing y comunicación Félix Muñoz con 'Anuncios'

Tu árbol ya tiene forma. Has preparado la tierra, has plantado la semilla del propósito, las raíces de tu marca están ancladas firmemente en las necesidades y motivaciones de tus públicos, tienes una promesa clara, tus mensajes ya suben por el interior de un tronco cubierto por una bella corteza y las ramas se extienden hacia los puntos de contacto que conectarán con tus clientes. Ahora llega un momento decisivo: planificar la temporada. Decidir qué esperas de tu árbol, cuánto crecerá y con qué recursos cuentas para ayudarlo a que dé los mejores frutos. 

Eso es exactamente un plan de marketing: el plan de crecimiento de tu marca. 

Todo jardinero sabe que no basta con tener un buen árbol. Hay que planificar lo que se quiere conseguir en la temporada que viene y estar preparado por si el clima cambia sin previo aviso. Un buen jardinero planifica, pero sobre todo sabe adaptarse. Con el plan de marketing pasa exactamente lo mismo. 

Si has estudiado marketing en una universidad o escuela de negocios, es muy probable que te hayan enseñado a hacer un plan de marketing siguiendo el modelo clásico de Philip Kotler, considerado el padre del marketing. Su extenso manual (Marketing Management) durante décadas ha sido la referencia absoluta: propone un plan muy estructurado, con siete u ocho secciones bien definidas: un resumen ejecutivo, un análisis exhaustivo de la situación (mercado, producto, competencia, distribución), un DAFO completo, objetivos, estrategia desglosada por cada una de las 4 Ps del marketing mix (producto, precio, distribución y comunicación), programas de acción detallados mes a mes, presupuesto asignado a cada partida y controles de seguimiento.  

Es un documento que, cuando lo terminas y presentas, tiene respuesta para prácticamente todo: qué se va a hacer, cuándo, quién, cuánto va a costar y qué resultado se espera. 

Ese modelo tiene la virtud de que te obliga a pensar en todo. Y durante décadas ha funcionado razonablemente bien, pero quizás no sirve para el mundo en el que trabajamos hoy. Déjame que te ponga un par de casos vividos en primera persona que te explican por qué un plan de marketing debe ser, ante todo, flexible. 

En Cepsa (hoy Moeve) habíamos preparado el plan de marketing. Llevábamos semanas trabajando en él: estrategia cerrada, objetivos definidos, presupuesto asignado, acciones planificadas, calendario cerrado, agencias y equipo trabajando a tope. Todo listo para presentarlo al nuevo presidente de la compañía, Luis Magaña, el lunes a primera hora. Luis falleció el viernes.  

Ese lunes, el nuevo presidente, D. Carlos Pérez de Bricio, mantuvo la agenda y nos recibió para presentar y aprobar el plan. Era una persona muy conservadora. Según sus propias palabras, era quien más sabía de marketing y a los diez minutos de comenzar mi exposición me paró y dijo que todo aquello que le estaba contando no tenía mucho sentido. Él mismo nos indicó lo que habría que hacer para mejorar el marketing de Cepsa: "poner chicas con minifalda en las gasolineras" fueron literalmente sus palabras. 

Aquello acabó con todo lo que teníamos, incluido el presupuesto. Un plan tan bien preparado se convirtió en segundos en papel mojado. Me recordó aquella frase del boxeador Mike Tyson: “Todo el mundo tiene un plan… hasta que recibe un puñetazo en la boca”. 

No fue la única vez. En Coca-Cola, después de años construyendo la marca Aquarius hasta convertirla en líder de mercado en España, recibimos una instrucción de Atlanta: la central había decidido lanzar un nuevo producto a nivel mundial como marca global de bebidas deportivas: Powerade, y pedían retirar Aquarius del mercado, pues solo era una marca local. Propusimos una alternativa: transferir todos los recursos a Powerade y suspender el plan de marketing de Aquarius, pero sin retirarlo del mercado. Aceptaron. Ese año, sin un euro de inversión, sin publicidad, sin promociones, sin patrocinios, sin nada… Aquarius creció un 40%. La marca tenía una fortaleza construida durante años que iba más allá de lo que decía ningún plan anual. Una lección brutal: un buen plan importa, pero lo que de verdad importa es la marca que has construido. 

Dos compañías. Dos planes de marketing perfectamente elaborados. Dos cambios drásticos e imprevisibles que los dejaron obsoletos antes de ejecutarse. 

No son casos aislados y no hace falta buscarlos solo en mi experiencia personal. En febrero de 2013, durante la Super Bowl, un apagón dejó el estadio a oscuras durante más de treinta minutos, paralizando el partido más visto del año. Oreo tenía a su equipo de marketing preparado para reaccionar a cualquier cosa que ocurriera. En minutos publicaron en Twitter un mensaje tan sencillo como perfecto: "You can still dunk in the dark” (Aún a oscuras, puedes seguir mojando la galleta). Sin figurar en ningún plan y con agilidad, el tuit se convirtió en uno de los casos más estudiados de comunicación en tiempo real.  

En 2018, KFC sufrió en Reino Unido un fallo de suministro que dejó sin pollo a cientos de sus restaurantes durante días. Una catástrofe operativa que podía haberse convertido en catástrofe de marca. La respuesta fue una disculpa pública en publicidad en la prensa con las siglas del nombre reordenadas: "FCK". Directo, honesto, con humor inteligente. La gestión de la crisis generó una ola de reconocimiento hacia la marca.  

Y en España, cuando en 2024 se supo que Maria Branyas, la supercentenaria catalana fallecida ese año con 117 años, tomaba a diario yogur de La Fageda, una cooperativa de La Garrotxa. Se generó la asociación del consumo del producto con la longevidad, y la marca se vio de repente en el centro de la atención mediática de medio mundo. No estaba en ningún plan. No había presupuesto asignado. Pero el equipo supo reaccionar, multiplicar el interés y con ello los pedidos recibidos, incluso desde el extranjero. 

Esto no quiere decir que no merece la pena hacer un plan. Todo lo contrario. Precisamente porque el mundo es impredecible necesitas un plan. Pero tiene que ser el plan adecuado: no un documento rígido con respuesta para todo, sino una guía clara que contenga todas las preguntas correctas. 

Ningún general entra en batalla con un plan inamovible. Tiene una estrategia clara, conoce sus recursos, sabe qué quiere conseguir, pero la táctica se adapta sobre el terreno. Eisenhower dijo una vez: "Los planes no sirven para nada, pero planificar es indispensable." Tu plan de marketing funciona exactamente así. 

Cuando se diseñó el antiguo modelo para hacer un plan de marketing, el mundo funcionaba de otra manera. Los mercados eran más estables, los ciclos de producto más largos, los canales de comunicación eran pocos y la competencia se movía a una velocidad que hoy nos parecería ridícula. En ese contexto, tenía todo el sentido elaborar un plan detallado con acciones mes a mes. El escenario apenas cambiaba entre que escribías el plan y lo ejecutabas. 

Hoy todo es distinto. Los mercados se mueven a una velocidad que hace imposible predecir con detalle lo que vas a necesitar hacer dentro de seis meses. Un competidor puede irrumpir de la noche a la mañana con una propuesta que cambie las reglas del juego. Una crisis de reputación puede estallar en redes sociales y obligarte a replantear tu comunicación. Una oportunidad inesperada puede aparecer y, si no tienes flexibilidad para aprovecharla, otro lo hará. La inteligencia artificial está transformando herramientas y procesos a una velocidad que ningún plan anual es capaz de anticipar. Los conceptos de Agile Marketing o Growth Marketing se han impuesto sobre los clásicos. 

De ahí mi propuesta: el plan de marketing debe contener las preguntas para conseguir los objetivos de negocio, pero no tiene por qué tener todavía todas las respuestas. Es la idea más importante de este capítulo. 

He visto demasiados planes de marketing enormes, documentos de cientos de páginas, cada acción detallada, cada euro asignado, cada fecha cerrada. Parecen muy profesionales, quedan bien en las presentaciones ante la dirección, dan una falsa sensación de control. Pero tienen un problema grave: son tan rígidos que se rompen al primer soplo de viento. Y el viento sopla siempre. 

Un buen plan de marketing no es un guion cerrado. Es más bien una brújula: te dice hacia dónde vas, pero el camino concreto lo irás decidiendo sobre la marcha, en función de lo que encuentres. 

Es necesario comenzar con un diagnóstico claro de la situación, identificar los segmentos y públicos objetivo, establecer el sistema de control y seguimiento. Es necesaria la disciplina de poner todo por escrito y compartirlo con el equipo. Lo que ha cambiado no es el qué, sino el cómo. No es lo que necesitas saber, sino cuándo lo decides, cuánta rigidez le das y cuánto espacio dejas para que la realidad, las ideas y las oportunidades hagan su trabajo. 

En los objetivos de negocio coincido plenamente con el modelo clásico: sin objetivos claros no hay plan posible, solo hay actividad. Y actividad sin dirección es ruido. Los objetivos deben ser medibles y concretos, directamente conectados con el negocio de la empresa. No sirven los objetivos genéricos del tipo "mejorar la imagen de marca" o "ser más digitales". Estamos hablando de resultados concretos y medibles: cuánto queremos vender, qué cuota de mercado queremos alcanzar, cuántos clientes nuevos necesitamos captar, a qué niveles de satisfacción queremos llegar, qué tasas de captación y retención necesitamos. 

Si recuerdas la pirámide de relación con el cliente que vimos en el Capítulo 5, los objetivos que tienen que ver con clientes pueden estar formulados en términos de movimiento dentro de esa pirámide: ¿cuántas personas queremos pasar de desconocidos a conocidos? ¿De conocidos a que consideren nuestra marca? ¿De clientes a satisfechos? ¿De satisfechos a fieles? Cada uno de estos movimientos tiene implicaciones muy diferentes en términos de acciones, herramientas y recursos. 

El marco temporal habitual es un año; puede servir, pues coincide con el ciclo presupuestario de la mayoría de las empresas. Pero no tiene por qué ser así siempre. He trabajado en planes trimestrales para lanzamientos específicos y en planes a tres años para construcción de marca a largo plazo. Lo importante no es la duración, sino que el periodo elegido sea coherente con lo que quieres conseguir. A partir del plan se construye una hoja de ruta de proyectos e hitos con un nivel mínimo de calendarización sujeto a revisión. 

De nada sirve marcarte objetivos si no tienes forma de saber si los estás alcanzando. Necesitas definir desde el principio qué vas a medir, cómo lo vas a medir y con qué frecuencia lo vas a revisar. Las métricas deben estar en el corazón del plan desde el principio, porque son las que te permitirán tomar decisiones rápidas a lo largo de todo el periodo. No son el final del proceso; son el sistema nervioso que lo mantiene vivo. 

Hay tres tipos de métricas que debes contemplar. El primero son las de resultados de negocio: ventas, distribución, penetración, cuota de mercado, captación de clientes, rentabilidad por cliente, margen bruto… Son los indicadores que más importan, porque conectan directamente con la cuenta de resultados. Son los frutos del árbol. 

El segundo nivel son las métricas de salud de marca: conocimiento de marca, atributos asociados, consideración de compra, recomendación, satisfacción del cliente, Net Promoter Score… Te dicen cómo está evolucionando la percepción de tu marca en la mente de tus clientes y potenciales clientes. Son como el estado de salud del árbol: puedes tener un negocio que funciona hoy pero que se está debilitando por dentro. Lo que ocurrió con Aquarius es justamente lo contrario: la marca era tan fuerte que siguió creciendo incluso sin hacer nada por ella durante toda una temporada. 

El tercer nivel son las métricas de actividad: alcance y cobertura de las acciones de comunicación, impactos conseguidos, seguidores en redes sociales, tráfico en web, app o tienda, tasas de apertura de emails, engagement en contenidos, asistencia a eventos… Son las más inmediatas, las que puedes monitorizar casi en tiempo real, y te sirven para ajustar el rumbo. Pero muchas son "métricas de vanidad" que te dejan tranquilo y te hacen presumir de resultados sin que necesariamente supongan beneficio para la marca o el negocio. 

Cuidado con confundir niveles. He visto muchos planes de marketing que presentaban como objetivos principales cosas como "alcanzar un millón de seguidores en Instagram" o "conseguir un 30% de incremento en tráfico web". Esas son métricas de actividad, no de negocio. Pueden estar bien como indicadores intermedios, pero si tu marca tiene un millón de seguidores y las ventas caen, algo falla. No confundas el termómetro con la temperatura, la medida con el efecto. 

Es fundamental identificar desde el principio cómo vas a hacer el seguimiento de cada una de estas métricas. ¿Tienes ya las herramientas para medirlas? ¿Necesitas contratar algún estudio? ¿Con qué periodicidad las vas a revisar? Un plan sin sistema de medición es como conducir con los ojos cerrados. 

El plan también debe recoger qué mensajes concretos vas a lanzar durante el periodo para alcanzar tus objetivos. No hablamos todavía de piezas creativas, anuncios o contenidos. Hablamos de los mensajes estratégicos: qué quieres que tu público sepa, piense, sienta y después haga como resultado de tu comunicación. 

Puede ser que en un periodo determinado necesites comunicar el lanzamiento de un nuevo producto, reforzar un atributo de marca que se está debilitando, defender tu posición frente a un competidor que ha entrado en tu mercado, o activar una promoción para conseguir volumen en un momento crítico. Cada uno de estos objetivos requiere un mensaje diferente, dirigido probablemente a un público diferente, a través de canales diferentes. El plan debe tener claro qué mensajes se priorizan, en qué orden y dirigidos a quién. No necesita todavía tener diseñada la acción. Eso vendrá después. 

En la asignación de recursos es donde este enfoque se separa del tradicional, aunque no de forma radical. Todo plan necesita recursos de tres tipos. 

Los recursos internos: tu equipo. ¿Cuántas personas tienes dedicadas a marketing? ¿Qué perfiles tienen? ¿Qué capacidades cubren y cuáles no? ¿Tienen la capacidad operativa para ejecutar lo que pretendes? He trabajado con equipos de más de cien personas y en equipos de tres. El plan tiene que ser realista con la capacidad de ejecución que tienes. Un plan excesivamente ambicioso con un equipo minúsculo es una receta para el fracaso. 

Los recursos externos: agencias de publicidad, de medios, consultoras, productoras, empresas de investigación, diseño, community managers, proveedores de tecnología. ¿Cuáles necesitas? ¿Los tienes contratados o necesitas buscarlos? ¿Tienen la experiencia necesaria y el perfil adecuado para lo que van a hacer? 

Y el presupuesto. Aquí quiero matizar algo importante: tiene todo el sentido establecer desde el principio una distribución orientativa por grandes objetivos, reservando más recursos a los que consideras prioritarios y menos a los secundarios. Lo que creo que es un error —y lo he visto cometer muchas veces— es llegar a ese nivel de detalle que solo se puede alcanzar cuando tienes las ideas encima de la mesa. Asignar de entrada un 30% exacto a medios, un 20% a agencias, un 15% a eventos y así sucesivamente, antes de haber visto una sola propuesta, condiciona las soluciones antes de haber definido bien los problemas. Es como si un médico distribuye sus recetas antes de ver a los pacientes. Puede que acierte en algún caso, pero en la mayoría no estará prescribiendo el tratamiento adecuado. 

Lo mismo ocurre con las herramientas de marketing que puedes utilizar: publicidad, relaciones públicas, trade marketing, eventos, patrocinios, marketing directo… El cliente no distingue entre herramientas; para él todo forma parte de la experiencia con tu marca. La elección de las herramientas dependerá de lo que precisen las ideas que surjan para resolver cada reto, no de una clasificación teórica previa. 

Un plan de marketing no es el final de un proceso de reflexión. Es el documento que establece las preguntas que hay que responder; tomarán forma de briefings de proyecto, encargos a equipos de trabajo y agencias. Las respuestas serán propuestas creativas, estrategias de medios, acciones tácticas… El plan es la pregunta. La idea es la respuesta. 

Si tuviera que resumir lo que debería contener tu plan de marketing, diría que empieza con un diagnóstico honesto: dónde estás hoy, sin autocomplacencia ni dramatismo, con los hechos, los datos y la realidad. El diagnóstico debería incluir, como mínimo, un análisis claro de la competencia y de las principales fuerzas del entorno que pueden impactar en el negocio durante el periodo del plan. A partir de ahí, incluir los objetivos de negocio concretos y medibles para el periodo, pocos y claros. Luego el sistema de métricas —de los tres niveles que hemos visto— con su frecuencia de revisión definida. Los mensajes estratégicos priorizados, conectados con la promesa de marca. Los recursos disponibles: equipo, colaboradores externos y presupuesto global por grandes bloques según prioridad. Y los retos y preguntas clave que necesitan respuesta, que se convertirán en briefings para los equipos. 

Y una última parte que no suele aparecer en los planes y que debería ser obligatoria: el mecanismo de revisión y ajuste continuo. Con qué frecuencia se revisarán los resultados, quién toma las decisiones de cambio, cuáles son los criterios para modificar las prioridades y qué recursos se reservan para oportunidades imprevistas, explicitar los principales riesgos y los supuestos clave sobre los que se construye, así como unas líneas básicas de contingencia. 

Todo plan debería poder resumirse en una sola página que explique, en lenguaje de dirección general, cómo este plan de marketing contribuye a la estrategia global de la compañía. 

La lista detallada de acciones por mes, el desglose exacto del presupuesto por partidas, el calendario de campañas… Todo eso llegará después de tener el plan, será el resultado de su ejecución, con las ideas y propuestas que el equipo desarrolle a partir de los retos que contiene. 

He participado en la elaboración de decenas de planes de marketing a lo largo de mi carrera. Los mejores no fueron los más elaborados ni los que fueron presentados de manera más espectacular, sino los que tenían objetivos clarísimos que todo el equipo entendía, flexibilidad para adaptarse y un sistema de medición que permitía tomar decisiones rápidas basadas en datos, no en opiniones.  

Un plan de marketing debe ser, por encima de todo, inspirador: para la dirección, para el equipo de marketing, para las agencias y colaboradores. Son preguntas y retos que las personas están deseando afrontar y resolver con todas sus ganas y motivación. Un buen director de marketing debe animar al equipo diciendo lo que Johan Cruyff dijo a sus jugadores antes de saltar al campo para disputar y ganar la final de Wembley de 1992: “Salid y disfrutad”. 

El plan de marketing, en la metáfora que estamos utilizando, es como las flores del árbol: son la señal visible de que todo el trabajo previo está dando resultado y de que los frutos están por llegar. No son los frutos, pero los anuncian. 

Precisamente lo que convierte las flores en frutos, las ideas, es de lo que hablaremos en el próximo capítulo. Porque si el plan son las preguntas, las ideas son las respuestas. Y solo las respuestas excelentes producen resultados extraordinarios. 

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